5 de maig del 2026

Mente, energía y conciencia en un Ecosistema Mágico


https://magicinternacional.com/


El pasado 1, 2 y 3 de mayo, en un rincón vibrante de Barcelona junto al mar, se ha celebrado la 45ª edición de Magic Internacional. El lugar —el World Trade Center—se ha convertido durante tres jornadas en algo más que un recinto ferial: se ha metamorfoseado en un punto de encuentro entre la curiosidad, la búsqueda personal y las múltiples formas en que los seres humanos intentan comprenderse a sí mismos.

Al cruzar sus puertas, uno no entra simplemente en una feria, sino en un mosaico de creencias, prácticas y lenguajes simbólicos. Los pasillos están llenos de estímulos: mesas donde se leen cartas del tarot, espacios dedicados a la numerología o la astrología, terapeutas que ofrecen sesiones de reiki o sonido, y puestos repletos de minerales, libros y objetos cargados de significado. Todo convive en una especie de ecosistema donde lo espiritual, lo psicológico y lo intuitivo se entremezclan sin fronteras claras.

Hay algo profundamente humano en ese ambiente. Más allá de la estética esotérica, lo que realmente se percibe es una necesidad compartida: la de entender qué nos pasa, por qué somos como somos, y cómo podríamos vivir con más sentido o menos sufrimiento. En ese contexto, las conferencias y talleres funcionan como pequeñas ventanas a distintas interpretaciones del mundo. Algunas hablan de experiencias cercanas a la muerte, otras de tradiciones antiguas como la cábala, y muchas giran en torno al crecimiento personal, los bloqueos emocionales y los patrones que repetimos.

Entre todas esas propuestas, hay conceptos que resuenan con especial fuerza cuando uno está atravesando un momento delicado. Y precisamente fue éste el que me llegó con más fuerza y clarividencia: el Eneagrama. El Eneagrama aparece como una de esas herramientas que prometen ordenar el caos interior. No se presenta tanto como una ciencia, sino como un mapa: una forma de clasificar tipos de personalidad y, sobre todo, de entender cómo se construyen.

La idea de fondo resulta sugerente. Se plantea que, al nacer, entramos en el mundo con una sensibilidad abierta, especialmente marcada por el vínculo materno o el entorno inmediato. En esa primera etapa se configuran sensaciones básicas de seguridad o carencia. Después, en un intento por adaptarnos, desarrollamos una personalidad: una especie de estrategia para encajar, para ser aceptados o para protegernos. Con el tiempo, esa personalidad se consolida y se convierte en carácter, en patrones automáticos que repetimos sin darnos cuenta.

Lo interesante no es tanto si este modelo es exacto o no —porque no pertenece al ámbito de la psicología científica—, sino lo que despierta en quien lo escucha. Porque, en el fondo, funciona como un espejo simbólico. Invita a preguntarse: ¿qué partes de mí son aprendidas? ¿Qué reacciones repito? ¿De dónde vienen mis miedos o mis formas de relacionarme?

Cuando alguien atraviesa dificultades en su salud mental, estas preguntas adquieren un peso especial. La mente busca explicaciones, intenta ordenar lo que duele, encontrar patrones que den sentido a lo que parece caótico. En ese estado, un entorno como Magic Internacional puede resultar especialmente impactante. No tanto por las respuestas que ofrece, sino por la cantidad de caminos que sugiere.

Sin embargo, ahí también aparece una frontera delicada. Porque no todo lo que se presenta como explicación tiene el mismo valor. Algunas ideas pueden servir como herramientas de reflexión, como lenguajes que ayudan a nombrar experiencias internas. Otras, en cambio, pueden confundir o generar expectativas poco realistas. Por eso, el verdadero reto no está en aceptar o rechazar lo que se encuentra en estos espacios, sino en saber integrarlo con criterio.

Y eso no es debilidad: es búsqueda de coherencia interna. Pero también hay que tener en cuenta, siendo honestos con uno mismo, que este tipo de ferias pueden abrir preguntas, pero no sustituyen un acompañamiento psicológico real.

Quizá el valor más honesto de una experiencia así no está en encontrar verdades definitivas, sino en activar la curiosidad. En abrir preguntas que luego puedan explorarse de manera más sólida, más acompañada, más consciente. En ese sentido, lo que queda después de la feria no son tanto las respuestas, sino la sensación de haber tocado algo propio.

Algo que, de alguna manera, ya estaba ahí antes de entrar.

Cougar

4 de maig del 2026

Discapacidad y sentimientos.

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Aunque tengamos una discapacidad en mi caso un 47 por ciento o un trastorno diagnosticado también somos personas que sufrimos, padecemos, lloramos, reimos sabemos diferenciar el bien del mal, a lo mejor tenemos mas sensibilidad que algunas personas si nos psicoanalizaran a cada uno nos sacarían algo a todos. Los psicólogos también necesitan psicólogos cuando estan sobresaturados. También podemos querer y ser queridos en mi caso estuve con una chica 18 años en Zaragoza y y aunque teníamos diferencias ella física y yo psicólogica, pasamos una pandemia juntos y aunque se acabó mantenemos en contacto. Nos complementábamos perfectamente. Quién sabe a lo mejor algún día volvemos a encontrarnos en el camino. He viajado por toda España menos la Rioja y Extremadura y he conocido muchos lugares donde he estado incluso he estado en las islas canarias y baleares. Incluso teniendo una discapacidad he cuidado de una persona enferma con ELA durante 9 años. Sin guardar un día de fiesta y aunque me han quedado secuelas no me arrepiento de haberlo hecho. He luchado contra la enfermedad. Hay que cuidar al enfermo pero también al cuidador. Lo dicho no se si valdrá estas lineas a alguien pero nunca tire la toalla. Hasta q se despidio de mi mano. En paz descanse.

Chema.


1 de maig del 2026

Salud Mental y su ADN Antropológico


                                     

https://www.eleconomista.es/opinion/noticias/12619931/01/24/el-impacto-economico-de-no-cuidar-de-la-salud-mental-en-las-empresas-.html


La salud mental, entendida desde la Antropología, trasciende los límites de la biología individual para situarse en un entramado complejo de significados culturales, procesos históricos y relaciones sociales. Lejos de ser una realidad universal y estática, lo que se considera “salud” o “enfermedad mental” varía profundamente entre sociedades y épocas, revelando que estas categorías son, en gran medida, construcciones humanas situadas en contextos específicos.

En una perspectiva transcultural, se observa que las formas de experimentar y expresar el sufrimiento psicológico no son homogéneas. En diversas regiones de África subsahariana, por ejemplo, los trastornos mentales pueden interpretarse como desequilibrios en la relación con los ancestros o con el mundo espiritual, más que como alteraciones internas del individuo. En contraste, en Asia Oriental es común que el malestar emocional se manifieste a través del cuerpo, en forma de síntomas físicos, antes que mediante una verbalización directa de las emociones. Por su parte, las sociedades occidentales contemporáneas, influenciadas por el desarrollo de la Psiquiatría, tienden a conceptualizar estos fenómenos en términos diagnósticos y biomédicos, como depresión o ansiedad. Estas diferencias evidencian que la salud mental no puede separarse de los marcos culturales que le otorgan sentido.

El análisis histórico refuerza esta idea al mostrar cómo las concepciones sobre la locura han evolucionado de manera significativa. En la Grecia Antigua, se atribuía el desequilibrio mental a alteraciones en los humores corporales. Durante la Edad Media europea, en cambio, se interpretaba frecuentemente como resultado de posesión demoníaca o castigo divino. Con la llegada de la modernidad, emergieron instituciones dedicadas al encierro y tratamiento de los considerados “locos”, en un proceso que el filósofo Michel Foucault analizó críticamente como parte de un sistema de control social. En el siglo XX, el desarrollo del modelo biomédico consolidó la idea de la enfermedad mental como un fenómeno clínico susceptible de diagnóstico y tratamiento estandarizado. Sin embargo, incluso este enfoque ha sido cuestionado por su tendencia a universalizar categorías que no siempre son aplicables a todos los contextos culturales.



Otro aspecto fundamental desde la antropología es la tensión entre el individuo y la comunidad. Mientras que en muchas sociedades no occidentales la salud mental está intrínsecamente vinculada al equilibrio social y a la calidad de las relaciones interpersonales, el enfoque occidental moderno tiende a centrarse en el individuo como unidad de análisis y tratamiento. Así, el sufrimiento psicológico puede ser entendido, en ciertos contextos, no como un problema interno, sino como una manifestación de conflictos sociales, familiares o incluso ecológicos. Esta visión relacional cuestiona la idea de que la mente pueda analizarse de forma aislada del entorno en el que se desarrolla.

La Antropología médica ha contribuido de manera significativa a comprender estas interacciones entre cuerpo, mente y cultura. Desde esta perspectiva, las emociones no solo se experimentan psicológicamente, sino también físicamente, y su expresión depende de los recursos simbólicos disponibles en cada cultura. Esto da lugar a síndromes culturalmente específicos, como el aislamiento social extremo conocido como hikikomori en Japón, o el ataque de nervios en contextos caribeños. Estos fenómenos desafían las clasificaciones universales y subrayan la necesidad de enfoques más sensibles a la diversidad cultural.

Asimismo, la antropología crítica pone de relieve el papel del poder en la definición de la normalidad y la patología. Las instituciones sociales —desde hospitales hasta sistemas educativos y estructuras estatales— han participado históricamente en la regulación de comportamientos mediante categorías diagnósticas. En este sentido, lo que se considera “enfermedad mental” puede reflejar no solo una condición clínica, sino también normas sociales dominantes y mecanismos de exclusión o control.

En la actualidad, los enfoques más integradores buscan articular distintas dimensiones de la salud mental, combinando aportes de la biología, la psicología, la cultura y el contexto social. Se reconoce que factores como la desigualdad, la migración, la violencia o el trauma colectivo influyen profundamente en la experiencia del sufrimiento psíquico. Desde esta mirada, la salud mental no puede reducirse a procesos neuroquímicos, sino que debe entenderse como una experiencia compleja y situada.

En definitiva, la perspectiva antropológica invita a reconsiderar la salud mental como una realidad plural, moldeada por la historia, la cultura y las relaciones sociales. Más que una categoría fija, se trata de un fenómeno dinámico que refleja las múltiples formas en que los seres humanos interpretan, viven y gestionan su bienestar psicológico en distintos contextos del mundo y a lo largo del tiempo.

En definitiva, desde la antropología, la salud mental no es solo lo que pasa en el cerebro, sino una experiencia vivida que depende de la cultura, la historia, las relaciones sociales y el poder.

Para concluir, me dejaréis que cierre este escrito con un:

“Dicen que todos estamos un poco locos… la diferencia es que algunos ya tenemos diagnóstico… y otros todavía están en fase beta.”

Cougar

28 d’abril del 2026

SRC Burriac: donde florecen rosas y vencemos dragones






                          



Unos meses antes de que Sant Jordi alce su espada frente al dragón y, de la herida de la bestia, broten rosas capaces de teñir de rojo calles y balcones, en el SRC Burriac de Premià de Mar ya empieza otra batalla: la de la ilusión, la constancia y la esperanza.

Bajo el nombre de Burriac, que evoca al castillo que vigila desde lo alto nuestras tierras vecinas de Cabrera de Mar, nos ponemos manos a la obra para que la magia de la Diada florezca también entre nosotros y se extienda por cada rincón de Premià de Mar.

En nuestros talleres, usuarios, profesionales del centro y la querida voluntaria Marga compartimos mucho más que una actividad. Compartimos tiempo, confianza y ganas de crear. Entre risas, paciencia y manos entregadas, nacen pequeñas obras inspiradas en Sant Jordi: dragones juguetones –con piruleta incluida –, rosas hechas de tela y cartón con mucho color, puntos de libro que guardarán nuevas aventuras e imanes destinados a llenar de alegría los hogares; entre un largo etcétera.

Cada una de estas piezas se expone y se vende en la antigua plaza del Ayuntamiento de Premià de Mar durante la Diada. Pero su valor va mucho más allá de lo material, porque todo lo recaudado se dona íntegramente a una entidad sin ánimo de lucro.

Previamente, en la actividad que se realizan los miércoles por la mañana en el centro, en la Asamblea, todos los asistentes a la misma y/o a las diferentes actividades realizadas por dicho Centro, sugieren una Asociación como beneficiario del importe recaudado. Los tres candidatos con más votos propuestos durante las semanas previas, llega a su recta final, con la nueva y última votación entre ellos. Siendo la entidad ganadora en última instancia la que tendrá el honor de venir a visitarnos, contarnos en primera persona el proyecto y sus particularidades y recogerá el premio final.

Este año, el Agrupament Escolta Amon-Ra ha sido el claro vencedor. Una entidad donde la tarea principal es la educación en el ocio de los niños y jóvenes del pueblo. Próximamente nos visitarán para compartir su proyecto, explicarnos la tarea que realizan y recoger un premio económico que nace del esfuerzo colectivo y del corazón de muchas personas del SRC Burriac.

Pero si algo hace especial esta historia es quiénes dan vida a cada rosa y a cada dragón. Todas estas manualidades han sido creadas en las actividades organizadas en Art i Acció, Espai d'Art i Monogràfics, principalmente; y por personas con problemas de salud mental. Personas que, cada día, libran combates silenciosos contra sus propios dragones: el miedo a salir de casa, la inseguridad de no sentirse capaces, la frustración de que algo no salga como imaginaban, la vergüenza de exponerse ante los demás o de atender una parada llena de gente.

Y, aun así, avanzan. Como auténticos caballeros y heroínas de lo cotidiano, enfrentan sus propios dragones para tender la mano a otros colectivos que también necesitan apoyo. Cambian el miedo por valentía, la duda por esfuerzo y el silencio por solidaridad.

Porque en el SRC Burriac no solo se hacen manualidades. Se construye autonomía. Se recupera confianza. Se aprende a empezar y terminar tareas que parecían imposibles. Se descubre la alegría de sentirse útil y la fuerza de pertenecer a un grupo que no juzga, sino que acompaña; que no estigmatiza, sino que abraza. Todos estos pequeños quehaceres que nos propone el gran equipo que forma el SRC Burriac, nos proporciona bienestar con uno mismo, nos hace sentir útiles, nos da confianza, fortaleza y, sobre todo, sentimiento de pertinencia.

Con ese mismo espíritu, las personas que participan en la actividad Llibre Actiu montan cada año una parada frente al centro para acercar la lectura al vecindario. Allí invitan a intercambiar libros o simplemente a donar historias que merecen seguir viajando de mano en mano. Porque también los libros, como las rosas, tienen el poder de unir personas. Y aunque sin el beneficio económico que generan las manualidades de las otras actividades, con una sonrisa y con mucha ilusión, los voluntarios de dicha actividad dan a conocer a la población el servicio que ofrecen; e invitan a todo el que lo desee, la aportación de libros, haya o no la contribución implícita de intercambio por otro libro.

A quienes no habéis podido participar en los talleres, y a quienes todavía desconocéis todo lo que florece detrás de nuestra parada de Sant Jordi, os animamos a acercaros el próximo año.

Porque para muchos, comprar una rosa, un punto de libro o un pequeño detalle puede parecer un gesto sencillo. Pero para nosotros significa mucho más: aceptación, gratitud, autoestima y la certeza de que, incluso después de las batallas más difíciles, siempre puede volver a brotar una rosa.

Cougar

27 d’abril del 2026

Día de la Madre: Historias de una Madre No Encontrada y una Mujer No Vivida.

 

https://www.elnacional.cat/ca/estil-vida/dia-mare-frases-originals-imatges-whatsapp_1019880_102.html



Tras mi ingreso durante seis semanas en el Hospital de Día de Mataró, hubo una conversación grupal con la psicóloga del equipo que quedó profundamente grabada en mi memoria. En ella se abordó el origen multifactorial de los problemas de salud mental: la existencia de una posible predisposición biológica, derivada de antecedentes familiares; la influencia de vivencias traumáticas; y la aparición de un desencadenante puntual capaz de desestabilizar el equilibrio emocional de una persona. Sin embargo, uno de los puntos más reveladores fue comprender que el factor genético, por sí solo, no determina la aparición de una enfermedad mental, sino que requiere la interacción con otros factores de riesgo.

Han pasado ya varios meses desde mi alta, y esta idea sigue resonando en mi mente. Mi historia personal encaja, en muchos aspectos, con ese modelo explicativo. Tanto mi padre como mi madre arrastraban sus propias cargas emocionales y psicológicas cuando se conocieron. Su relación inicial, marcada por un embarazo fuera del matrimonio y las circunstancias sociales de la época, derivó en un matrimonio precipitado y en la llegada de tres hijos no planificados, criados en un entorno que distaba mucho de ser el ideal.

Con el paso del tiempo, he reflexionado sobre lo que debería ser la infancia: un espacio de juego, aprendizaje, afecto y desarrollo en un ambiente seguro y respetuoso. Sin embargo, mi experiencia estuvo marcada por dinámicas familiares complejas, silencios y patrones de conducta que nunca llegué a comprender del todo. La salud mental, en mi entorno familiar, era un tema tabú. Nunca supe con certeza qué diagnósticos tenían mis padres, pero sí crecí percibiendo que algo no encajaba.

Desde muy joven, desarrollé un miedo persistente: el temor a “ser como mi madre”. Cada emoción intensa, cada momento de tristeza sin causa aparente o cada reacción que yo misma consideraba desproporcionada reforzaba esa idea. En mi mente, la palabra que lo resumía todo era “locura”, cargada de estigma y desconocimiento.

Hoy, con la perspectiva que me da el tratamiento psicológico y psiquiátrico, los diferentes ingresos en el Hospital de Mataró, así como mi propio proceso de introspección, empiezo a comprender que mi sufrimiento no se explica únicamente desde una herencia biológica. Más bien, responde a una construcción mental forjada a lo largo de años de autoexigencia extrema, rigidez emocional y necesidad constante de demostrar mi valía –a mí misma— y como escudo ante las luchas internas familiares.

He identificado cómo muchos aspectos de mi vida —mi trabajo, mi trayectoria deportiva, mis relaciones personales— comparten un denominador común: la lucha constante. Una lucha por ser suficiente, por resistir, por superar límites físicos y emocionales. Durante años, confundí esa lucha con fortaleza, sin darme cuenta de que también era una forma de exigencia autoimpuesta que me llevaba, progresivamente, al agotamiento.

El punto de inflexión llegó cuando esa estructura interna, sostenida durante tanto tiempo, colapsó. La caída fue abrupta, como un descenso sin protección, en el que afloraron todas las heridas acumuladas. En ese momento, comprendí que la recuperación no pasaba por seguir luchando, sino por algo mucho más complejo: detenerme, observarme y empezar a reconstruirme desde la paciencia, la compasión y el tiempo.

Mirar hacia atrás implica reconocer cada una de las batallas libradas. También supone aceptar que muchas de ellas nunca debieron ser peleadas. La sensación de haber dado todo y, aun así, cuestionar si alguna vez se ganó algo, forma parte de ese proceso de revisión interna.

Hoy, el aprendizaje más importante es entender que la paz no se conquista a través de la lucha constante. Llega, en cambio, cuando se guarda el hacha de guerra, cuando se renuncia a la exigencia desmedida y se empieza a construir una relación más amable con uno mismo. Ese es, quizás, el verdadero inicio de la recuperación.

Este domingo, 3 de mayo, es el Día de la Madre. Y por ello, algo dentro de mí se ha removido. Cuando era pequeña siempre había dicho que yo nunca sería madre. Y, de hecho, ya con la madurez, e imagino que sumando experiencias íntimas no del todo favorables, me mantuve firme con esa idea. Aunque tampoco era un tema que me venía a la cabeza con frecuencia; simplemente estaba ahí, en silencio, como una decisión asumida.

Y quién lo iba a decir, ya con unos años más de los que quisiera, miro hacia atrás y observo como la vida no me ha llevado a ese camino. Y justamente con esos años de más que no quisiera tener, reconozco que tengo una pequeña grieta en mi corazón: ya no podré ser madre.

Ya no podré sentir como se gesta en mi interior una vida. Un ser al que hubiera querido de la forma que a mí nunca me quisieron. Le habría dado un hogar como el que yo nunca tuve. Pero, sobre todo, le hubiera inculcado, día a día, que llegaría tan lejos como él o ella se propusiera. Porque no habría límites que no podría alcanzar.

Y mi mano, mi mente y mi corazón habrían estado en cada uno de sus éxitos, pero sobre todo habrían estado en sus caídas. Y justo en esos momentos, en los que él/ella se hubiera sentido más débil, abatido/a o triste, hubiera tenido un abrazo cálido, unas palabras reconfortantes. Y le hubiera recordado que el verdadero valor está en intentar perseguir los sueños. Que, con cada caída, uno/a se levanta con más fuerza, valentía y honor. Hasta conseguir todo lo que un día soñó.

Os mentiría si no os contara que me hubiera gustado que fuera niña... para poner mi granito de arena y construir esa versión de la niña que tuve que ser y que se quedó a medio camino por miedo. Miedo al fracaso, a la soledad, a la angustia, a la frustración... a dar la razón y sentido a la frase que me repetían una y otra vez en casa: “siempre serás una inútil”.

Así que, con la proximidad del Día de la Madre, solamente me queda pensar en que si hubiera llegado Clara a mi vida (ese sería el nombre que le habría puesto), tendría hoy esa ancla que me sujeta fuerte y con firmeza a tierra, a buen puerto. Pero en cambio, ahora mismo siento como un trozo de mi corazón y de mi alma se han perdido, junto con ella.

Junto con mi pequeña Clara.

Cougar

21 d’abril del 2026

El poder de la magia en nuestro día a día y su impacto en las personas con enfermedad mental

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En la vida cotidiana, la palabra “magia” suele asociarse con lo sobrenatural, lo inexplicable o lo fantástico. Sin embargo, más allá de los trucos o los relatos ficticios, la magia también puede entenderse como una forma de percibir el mundo con asombro, esperanza y significado. Esta “magia” simbólica tiene un papel importante en la vida diaria, especialmente para las personas que enfrentan enfermedades mentales, ya que puede convertirse en una herramienta emocional y psicológica de gran valor.

En primer lugar, la magia en el día a día se manifiesta en pequeños momentos: una conversación sincera, una canción que reconforta, una sonrisa inesperada o un paisaje que nos detiene. Estos instantes, aunque simples, tienen el poder de transformar nuestro estado de ánimo. En una sociedad marcada por la prisa y el estrés, detenerse a reconocer estos momentos mágicos puede ayudarnos a reconectar con nosotros mismos y con el presente. Esta capacidad de asombro no es ingenua; es una forma de resistencia ante la rutina y el desgaste emocional.

Para las personas con enfermedades mentales, como la depresión, la ansiedad o los trastornos del estado de ánimo, esta percepción de la “magia” puede ser aún más significativa. Estas condiciones suelen afectar la manera en que se experimenta la realidad, reduciendo la motivación, la esperanza o el placer. En este contexto, la magia entendida como creatividad, imaginación o sentido de propósito puede actuar como un recurso terapéutico. Por ejemplo, el arte, la escritura o incluso la fantasía permiten construir espacios internos donde la persona puede sentirse segura, comprendida o libre.

Además, la magia también puede encontrarse en los vínculos humanos. La empatía, el apoyo y la comprensión tienen un efecto profundamente sanador. Para alguien que lucha con una enfermedad mental, sentirse escuchado y acompañado puede parecer casi “mágico”, ya que rompe con la sensación de aislamiento. Este tipo de experiencias no curan por sí solas, pero sí contribuyen al bienestar emocional y refuerzan la idea de que no se está solo.

Por otro lado, es importante no idealizar la magia como una solución absoluta. Las enfermedades mentales requieren atención profesional, tratamiento adecuado y, en muchos casos, intervención médica. La magia cotidiana no sustituye estos recursos, pero sí puede complementarlos. Funciona como un puente hacia la esperanza, como una chispa que, aunque pequeña, puede iluminar momentos de oscuridad.

En conclusión, la magia no siempre está en lo extraordinario, sino en la forma en que interpretamos y vivimos lo ordinario. Reconocer su presencia en nuestra vida diaria puede fortalecer nuestra salud emocional y ofrecernos nuevas formas de afrontar las dificultades. Para las personas con enfermedad mental, esta magia puede ser una aliada silenciosa: no elimina el dolor, pero ayuda a hacerlo más llevadero, recordando que incluso en los momentos más difíciles, existen destellos de luz.


Además, es importante destacar que esta “magia” no solo se encuentra en los pequeños momentos cotidianos, sino también en espacios concretos donde las personas son acompañadas con dedicación y humanidad. Un ejemplo claro de ello es el SRC Burriac, donde tanto el personal profesional como el voluntariado desempeñan un papel fundamental en la construcción de este entorno significativo.

A través de sus talleres y actividades, así como mediante la escucha activa y la empatía de cada uno de los referentes, este centro logra que quienes asisten a él lo perciban como un segundo hogar. Se trata de un espacio que transmite seguridad y confianza, aspectos esenciales para el bienestar emocional, especialmente en personas que atraviesan dificultades relacionadas con la salud mental.

Asimismo, las distintas propuestas —como la música, las manualidades, el teatro o el taller de revista, entre otras— fomentan el crecimiento personal. Cada actividad representa un pequeño reto individual que cada persona afronta a su propio ritmo y según sus capacidades. En este proceso, no solo se desarrollan habilidades, sino que también se fortalece la autoestima y la percepción de uno mismo como alguien capaz.

Del mismo modo, estas experiencias promueven la socialización y el trabajo en grupo, elementos clave para combatir el aislamiento y reforzar el sentimiento de pertenencia. El hecho de compartir, crear y avanzar junto a otros permite descubrir que, más allá de las limitaciones percibidas, existen múltiples capacidades y potencialidades.

En definitiva, el SRC Burriac encarna esa “magia” de la que hablamos: se convierte en una fuerza adicional, en una luz constante y en un elemento que da sentido y valor a la vida de quienes forman parte de él. No se trata de una magia extraordinaria, sino de una construida día a día a través del compromiso, la cercanía y el cuidado hacia los demás.


Cougar

20 d’abril del 2026

Sant Jordi entre rosas, libros y silencios: una vivencia desde la agorafobia

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Si existe un día que define la esencia colectiva de quienes vivimos en Catalunya, ese es, sin duda, el Día de Sant Jordi. Cada 23 de abril, las calles —especialmente en Barcelona— se transforman en un escenario vibrante donde las rosas, los libros y las historias compartidas se entrelazan. Donde todos los pueblos se visten de rosas y libros, de dragones imaginarios y de princesas y caballeros. Es una celebración que trasciende lo cultural para convertirse en una expresión de identidad, afecto y tradición. Es un gesto compartido, una forma de decirse cosas sin palabras.

Las avenidas se llenan de vida: puestos de libros que invitan a perderse entre páginas, rosas que perfuman el aire y personas que pasean con las manos ocupadas y el corazón ligero. La magia de Sant Jordi reside precisamente en ese intercambio simbólico —regalar y recibir—, un gesto sencillo que encierra múltiples significados.

Sin embargo, esta imagen embriagadora de edificios ornamentados de rosas, calles llenas de libros, y gente que viene y va, con manos llenas de rosas y libros, contrasta profundamente con mi experiencia actual. Este será mi segundo Sant Jordi lejos de todo eso, solamente acompañada por las rosas de mi jardín y el libro que, fiel a la tradición familiar, seguimos regalándonos cada año. Y aunque ese gesto mantiene viva una pequeña parte de la celebración, no logra llenar el vacío que deja la ausencia de todo lo demás.

Porque Sant Jordi también era perderme entre la multitud, descubrir títulos nuevos, cruzarme con escritores, conseguir firmas, dejarme llevar por el bullicio... Es un día en el que al final de la jornada, una acaba con las piernas agotadas y la mente repleta de imágenes preciosas: de gente paseando, mostrando su afecto y/o amor regalándose libros y rosas. Una experiencia total.

Además, como la vida misma que está en constante cambio y en movimiento, de la variante del libro y la clásica rosa, los artesanos y visionarios reinventan la mejor versión y visten las calles de arte floral y páginas escritas y por escribir. Era, en definitiva, una experiencia total.

Hoy, esa misma intensidad es un límite.

 

La agorafobia ha irrumpido en mi vida convirtiendo espacios cotidianos en escenarios hostiles. No es un miedo irracional ni una predisposición mental: es una respuesta compleja que involucra al cuerpo y a la mente por igual. Lugares concurridos, ruidosos, cerrados —calles abarrotadas, transporte público, supermercados— comparten un denominador común: demasiados estímulos a la vez.

Lejos de ser un simple miedo irracional o una predisposición mental, se manifiesta como una respuesta profunda y compleja que involucra tanto al cuerpo como a la mente. Lugares concurridos, ruidosos o cerrados —calles abarrotadas, transporte público, supermercados— comparten un denominador común: la presencia simultánea de estímulos que mi sistema ya no logra procesar con normalidad.

Lo que antes era estímulo, ahora es saturación. Lo que antes me llenaba, ahora me desborda.

En esos contextos, mi cuerpo reacciona como si estuviera ante una amenaza real. Siento una presión creciente en el pecho, un calor que recorre el cuerpo, un bloqueo mental que desemboca en mareo y visión borrosa. No es una elección, ni una exageración, ni una construcción consciente. Es un mecanismo automático, un interruptor que se activa sin previo aviso y me obliga a retirarme.

La agorafobia no consiste únicamente en el miedo a salir, como a menudo se simplifica. Es, más bien, el miedo a no poder escapar, a perder el control en un entorno donde todo se percibe como excesivo. Es una relación alterada con el espacio, el ruido, la densidad humana. Y, sobre todo, es una experiencia profundamente limitante que reconfigura la vida entera.

Por parte de ciertos profesionales de la salud se nos suele decir —aunque no haya sido mi caso directo— que “todo está en la cabeza” o que anticipar el malestar lo provoca. Pero estas afirmaciones reducen una realidad compleja a una explicación simplista, cómoda. Yo no salgo predispuesta al sufrimiento; salgo con la intención de recuperar una normalidad que, poco a poco, se ha ido fragmentando, rompiendo.

Y hay pérdidas que pesan.

He dejado de escuchar música, una de mis formas más íntimas de expresión. Las canciones ya no son refugio, sino detonantes de recuerdos y sensaciones que mi cuerpo no sabe gestionar. Momentos que antes evocaban belleza ahora generan incomodidad. Como si parte de mi mundo sensorial hubiera quedado suspendido.

Aun así, existe un esfuerzo constante por reconstruir espacios de seguridad. Pequeñas salidas, en horarios tranquilos, con recorridos controlados. Intentos de reaprender lo cotidiano. No es un proceso lineal ni fácil, pero es el camino.

En este contexto, la imposibilidad de vivir Sant Jordi como antes no es solo una anécdota: es un símbolo. Representa todo aquello que la agorafobia ha ido restringiendo. Y, al mismo tiempo, pone en evidencia la distancia entre lo que fui y lo que soy ahora.

Puede que me quede el consuelo, aunque siendo sincera conmigo misma y con todos los lectores del blog, no me da consuelo alguno, este año he participado en los diferentes talleres de manualidades de Sant Jordi en el SRC Burriac. Así que el próximo jueves 23 de abril, compañeros del centro estarán en una parada en la plaça del antiguo ayuntamiento de Premià de Mar, vendiendo las diferentes manualidades que hemos hecho. Cuyo importe recolectado irá destinado a una Asociación sin ánimo de lucro.

Es un gesto valioso, sin duda, pero insuficiente para sustituir la experiencia vivida en las calles. Porque hay vivencias que no pueden replicarse en ausencia de su contexto.

A pesar de todo, Sant Jordi sigue siendo un día significativo. Ahora lo habito desde otro lugar: más silencioso, más introspectivo, más limitado. Pero no por ello vacío de sentido.

Tal vez en ese silencio también se esté gestando otra forma de vivir, de sentir y de narrar.

Por eso, a quienes puedan salir, pasear, oler las rosas y perderse entre libros, les deseo que lo vivan plenamente, de la forma más alegremente, coloridamente y literariamente posible. Que abracen esa vitalidad que llena las calles y que, por ahora, algunos solo podemos recordar.

Feliz Sant Jordi a tod@s! 🌹


Cougar