28 d’abril del 2026
SRC Burriac: donde florecen rosas y vencemos dragones
27 d’abril del 2026
Día de la Madre: Historias de una Madre No Encontrada y una Mujer No Vivida.
https://www.elnacional.cat/ca/estil-vida/dia-mare-frases-originals-imatges-whatsapp_1019880_102.html
21 d’abril del 2026
El poder de la magia en nuestro día a día y su impacto en las personas con enfermedad mental
https://www.facebook.com/serenitytj/posts/hoy-es-el-d%C3%ADa-mundial-de-la-salud-mental-un-d%C3%ADa-tambi%C3%A9n-para-concientizarnos-sab/826115489518847/
20 d’abril del 2026
Sant Jordi entre rosas, libros y silencios: una vivencia desde la agorafobia
https://mail.google.com/mail/u/0?ui=2&ik=5ee4de04bf&attid=0.1&permmsgid=msg-f:1862837396809064679&th=19da20be1f1e20e7&view=att&zw&disp=safe
Si
existe un día que define la esencia colectiva de quienes vivimos en Catalunya,
ese es, sin duda, el Día de Sant Jordi. Cada 23 de abril, las calles
—especialmente en Barcelona— se transforman en un escenario vibrante donde las
rosas, los libros y las historias compartidas se entrelazan. Donde todos los
pueblos se visten de rosas y libros, de dragones imaginarios y de princesas y
caballeros. Es una celebración que trasciende lo cultural para convertirse en
una expresión de identidad, afecto y tradición. Es un gesto compartido, una
forma de decirse cosas sin palabras.
Las avenidas se
llenan de vida: puestos de libros que invitan a perderse entre páginas, rosas
que perfuman el aire y personas que pasean con las manos ocupadas y el corazón
ligero. La magia de Sant Jordi reside precisamente en ese intercambio simbólico
—regalar y recibir—, un gesto sencillo que encierra múltiples significados.
Sin embargo, esta
imagen embriagadora de edificios ornamentados de rosas, calles llenas de
libros, y gente que viene y va, con manos llenas de rosas y libros, contrasta
profundamente con mi experiencia actual. Este será mi segundo Sant Jordi lejos
de todo eso, solamente acompañada por las rosas de mi jardín y el libro que,
fiel a la tradición familiar, seguimos regalándonos cada año. Y aunque ese
gesto mantiene viva una pequeña parte de la celebración, no logra llenar el
vacío que deja la ausencia de todo lo demás.
Porque Sant Jordi también
era perderme entre la multitud, descubrir títulos nuevos, cruzarme con
escritores, conseguir firmas, dejarme llevar por el bullicio... Es un día en el
que al final de la jornada, una acaba con las piernas agotadas y la mente
repleta de imágenes preciosas: de gente paseando, mostrando su afecto y/o amor
regalándose libros y rosas. Una experiencia total.
Además, como la
vida misma que está en constante cambio y en movimiento, de la variante del
libro y la clásica rosa, los artesanos y visionarios reinventan la mejor
versión y visten las calles de arte floral y páginas escritas y por escribir. Era,
en definitiva, una experiencia total.
Hoy, esa misma
intensidad es un límite.
La
agorafobia ha irrumpido en mi vida convirtiendo espacios cotidianos en
escenarios hostiles. No es un miedo irracional ni una predisposición mental: es
una respuesta compleja que involucra al cuerpo y a la mente por igual. Lugares
concurridos, ruidosos, cerrados —calles abarrotadas, transporte público,
supermercados— comparten un denominador común: demasiados estímulos a la vez.
Lejos de ser un
simple miedo irracional o una predisposición mental, se manifiesta como una
respuesta profunda y compleja que involucra tanto al cuerpo como a la mente.
Lugares concurridos, ruidosos o cerrados —calles abarrotadas, transporte
público, supermercados— comparten un denominador común: la presencia simultánea
de estímulos que mi sistema ya no logra procesar con normalidad.
Lo que antes era
estímulo, ahora es saturación. Lo que antes me llenaba, ahora me desborda.
En esos contextos,
mi cuerpo reacciona como si estuviera ante una amenaza real. Siento una presión
creciente en el pecho, un calor que recorre el cuerpo, un bloqueo mental que
desemboca en mareo y visión borrosa. No es una elección, ni una exageración, ni
una construcción consciente. Es un mecanismo automático, un interruptor que se
activa sin previo aviso y me obliga a retirarme.
La agorafobia no
consiste únicamente en el miedo a salir, como a menudo se simplifica. Es, más
bien, el miedo a no poder escapar, a perder el control en un entorno donde todo
se percibe como excesivo. Es una relación alterada con el espacio, el ruido, la
densidad humana. Y, sobre todo, es una experiencia profundamente limitante que
reconfigura la vida entera.
Por parte de
ciertos profesionales de la salud se nos suele decir —aunque no haya sido mi
caso directo— que “todo está en la cabeza” o que anticipar el malestar lo
provoca. Pero estas afirmaciones reducen una realidad compleja a una
explicación simplista, cómoda. Yo no salgo predispuesta al sufrimiento; salgo
con la intención de recuperar una normalidad que, poco a poco, se ha ido
fragmentando, rompiendo.
Y hay pérdidas que
pesan.
He dejado de
escuchar música, una de mis formas más íntimas de expresión. Las canciones ya
no son refugio, sino detonantes de recuerdos y sensaciones que mi cuerpo no
sabe gestionar. Momentos que antes evocaban belleza ahora generan incomodidad. Como
si parte de mi mundo sensorial hubiera quedado suspendido.
Aun así, existe un
esfuerzo constante por reconstruir espacios de seguridad. Pequeñas salidas, en
horarios tranquilos, con recorridos controlados. Intentos de reaprender lo
cotidiano. No es un proceso lineal ni fácil, pero es el camino.
En este contexto,
la imposibilidad de vivir Sant Jordi como antes no es solo una anécdota: es un
símbolo. Representa todo aquello que la agorafobia ha ido restringiendo. Y, al
mismo tiempo, pone en evidencia la distancia entre lo que fui y lo que soy ahora.
Puede que me quede
el consuelo, aunque siendo sincera conmigo misma y con todos los lectores del
blog, no me da consuelo alguno, este año he participado en los diferentes
talleres de manualidades de Sant Jordi en el SRC Burriac. Así que el próximo
jueves 23 de abril, compañeros del centro estarán en una parada en la plaça del
antiguo ayuntamiento de Premià de Mar, vendiendo las diferentes manualidades
que hemos hecho. Cuyo importe recolectado irá destinado a una Asociación sin
ánimo de lucro.
Es un gesto
valioso, sin duda, pero insuficiente para sustituir la experiencia vivida en
las calles. Porque hay vivencias que no pueden replicarse en ausencia de su
contexto.
A pesar de todo,
Sant Jordi sigue siendo un día significativo. Ahora lo habito desde otro lugar:
más silencioso, más introspectivo, más limitado. Pero no por ello vacío de
sentido.
Tal vez en ese
silencio también se esté gestando otra forma de vivir, de sentir y de narrar.
Por eso, a quienes
puedan salir, pasear, oler las rosas y perderse entre libros, les deseo que lo
vivan plenamente, de la forma más alegremente, coloridamente y literariamente
posible. Que abracen esa vitalidad que llena las calles y que, por ahora,
algunos solo podemos recordar.
Feliz Sant Jordi a
tod@s! 🌹
Cougar
14 d’abril del 2026
Proceso Continuo
http://www.72kilos.com/
Llevo un año y cinco meses de baja. Todo empezó a raíz de dos crisis de ansiedad fuertes en el trabajo, en el transcurso de dos años. Ahora soy consciente de que, durante todo ese tiempo, mi cuerpo ya me estaba enviando señales de que algo no iba bien. Tal vez, si hubiera sabido identificarlas antes, no habría llegado al punto en el que me encuentro hoy. Pero la vida sigue su curso y, cuando estás acostumbrada a luchar ante las adversidades, simplemente sigues adelante sin escuchar a tu ser interior.
Durante este período de baja me han recetado diferentes medicamentos para ayudar a mi cuerpo, pero sobre todo a mi mente, a recuperar el equilibrio.
Tengo que reconocer que algunos facultativos han velado por mi bienestar y por ayudarme a ser una mejor versión de la persona que era antes de esos episodios. Me están acompañando en este proceso como lo haría un ser querido: con calidez, cercanía, estima y comprensión. Sin embargo, también existe la otra cara de la moneda. Hay quienes me han hecho sentir que no soy una persona, sino un nombre en una lista, un número más, una paciente a la que hay que tachar dentro de una jornada laboral. Como si fueran meros gestores administrativos que tramitan datos, sin espacio para la empatía, la escucha activa o la sensibilidad.
Hoy escribo esto porque siento que la medicación cada vez me está nublando más la memoria. Y no hablo solo de quedarme en blanco a mitad de una conversación o de entrar en un supermercado a comprar un bote de mantequilla y, al cruzar la puerta, no recordar qué hacía allí. Hablo de algo más profundo: de cómo los rasgos que antes me definían están desapareciendo poco a poco. Y eso me genera aún más frustración y ansiedad. Porque esa agilidad mental, esa vitalidad intelectual, se va desdibujando con el paso de los días.
Aquellos pequeños actos cotidianos que antes daban sentido a mis días —escuchar música, leer, pintar, caminar por la montaña—, y que aportaban color incluso en los momentos más grises, ahora se han convertido en una fuente de inquietud. Me generan ansiedad porque conservo el recuerdo de lo que me hacían sentir, y el hecho de no poder experimentarlos ahora, ni física ni mentalmente, despierta en mí una constante sensación de querer y no poder.
La realidad es que, hoy en día, solo encuentro paz y tranquilidad en casa, en mi sofá, en posición fetal y en la oscuridad. No quiero escuchar voces ni ruidos. La luz me molesta, me hiere los ojos y la cabeza. Tampoco quiero hablar. Solo necesito estar quieta, en silencio, en soledad, alejada del movimiento constante del mundo.
Ni amigos, ni pareja, ni familia… cualquier mensaje suyo irrumpe en ese estado de silencio que tanto necesito, y me incomoda. Y por todo ello, porque lo único que anhelo es sentir paz, me siento profundamente agotada. Agotada de años de lucha y de exigencia. De seguir adelante con una sonrisa, cumpliendo, siendo perfecta según una mente marcada por la disciplina, la rectitud y el compromiso. Cansada también de haber llenado mi vida de proyectos y actividades para mantener mi mente ocupada, para no mirar de frente todo aquello que guardo en un baúl de recuerdos oscuros en lo más profundo de mi subconsciente.
La vida, sin embargo, sigue avanzando. Y yo sigo aquí, transitando en este proceso, a veces con angustia, pero confiando en que algún día pueda volver a encontrar una forma de paz que no duela, que no pese, que simplemente sea. Solamente anhelo que llegue el día en que pueda descansar en una paz infinita y eterna.
Cougar
13 d’abril del 2026
(Re)Construirse
https://filmow.com/machos-alfa
Sus personajes son tan distintos entre sí, con vidas y formas de ver el mundo casi opuestas, que no puedo evitar reírme en cada capítulo. Pero más allá del humor, es una serie que también invita a reflexionar sobre los nuevos conceptos, las formas de relacionarnos y cómo estamos cambiando como sociedad.
Y es que la vida no se queda quieta: está en constante movimiento, igual que nosotros.
Si tuviera que resumir las cuatro temporadas que ya he visto en una sola palabra, sería esta: (re)construirse.
En la serie Machos Alfa, el concepto de reconstruirse aparece de forma bastante irónica y crítica.
Los protagonistas (como Pedro, Luis, Raúl y Santi) se ven obligados a replantearse quiénes son en un contexto donde los roles masculinos tradicionales están cambiando. Ahí es donde entra esa idea de reconstrucción.
Pero la serie no la presenta como un proceso profundo y consciente, sino más bien como algo confuso (no tienen claro qué significa “ser mejores hombres”), forzado (sienten presión social por adaptarse rápido a nuevas normas); superficial, sobre todo al principio (intentan cambiar comportamientos sin entender realmente el fondo), y a veces ridículo (la comedia surge de sus intentos torpes de deconstruirse).
En ese sentido, reconstruirse en la serie es casi una parodia de ciertos discursos modernos sobre crecimiento personal. Muestra que cambiar no es automático, no basta con repetir ideas nuevas, y muchas veces el ego, la inseguridad o la costumbre dificultan el proceso real. Sin embargo, también deja ver algo más realista: la reconstrucción emocional y personal es desordenada, incómoda y llena de contradicciones.
En resumen, la serie sugiere que reconstruirse no es convertirse de golpe en una versión perfecta de uno mismo, sino atravesar un proceso torpe, gradual y a veces incoherente de adaptación.
La idea de que una persona tiene que reconstruirse puede ser poderosa… pero también peligrosa, dependiendo de cómo se entienda.
Por un lado, sí: los seres humanos cambiamos constantemente. Después de experiencias duras —una pérdida, una enfermedad, una ruptura— es bastante natural sentir que la versión anterior de uno mismo ya no encaja. En ese sentido, reconstruirse puede significar adaptarse, integrar lo vivido y seguir adelante con más conciencia. Eso puede ser algo muy sano.
Pero hay un matiz importante: no siempre es necesario romperse para volver a armarse. A veces esa idea mete presión, como si estuvieras obligado a convertirte en alguien completamente nuevo o mejor después de cada golpe. Y eso no siempre es realista ni justo. Hay momentos en los que simplemente resistir, sostenerte o seguir siendo quién eres ya es suficiente.
También puede pasar que esa narrativa haga que la gente sienta que su valor depende de cuánto ha cambiado o mejorado, cuando en realidad muchas partes de ti no necesitan ser reconstruidas, sino aceptadas. Quizá una forma más equilibrada de verlo sería, no tanto reconstruirse desde cero, sino reorganizarse, adaptarse o incluso reconciliarse con uno mismo.
Cuando alguien pasa por algo emocionalmente fuerte —ansiedad, depresión, una enfermedad, duelo— es normal sentir que ya no eres el mismo. Ahí aparece esa sensación de tener que reconstruirte. Y en parte es cierto: necesitas reajustar cómo piensas, cómo te cuidas, cómo te relacionas contigo y con los demás.
Pero aquí está lo importante: no estás empezando desde cero ni estás roto como algo que hay que arreglar por completo.
Más que reconstrucción total, en salud emocional podríamos hablar de recolocar piezas: entender qué te ha afectado y qué necesitas ahora (que puede ser distinto a antes). Aprender nuevas formas de cuidarte: poner límites, descansar, pedir ayuda, gestionar pensamientos. Aceptar cambios: hay experiencias que te transforman, y luchar contra eso suele doler más. Conservar lo esencial: no todo en ti necesita cambiar. De hecho, muchas de tus fortalezas ya estaban ahí.
También hay un riesgo con la idea de reconstruirse: puede hacerte sentir que siempre deberías estar mejorando o sanando de forma perfecta. Y la realidad es más irregular. Hay avances, retrocesos, días neutros… y todo eso forma parte del proceso.
Una imagen que suele ser más útil que reconstruirse es esta: no eres un edificio que se derrumbó, eres un sistema vivo que se adapta. Y adaptarse incluye: días en los que avanzas, días en los que solo sobrevives, y días en los que incluso retrocedes un poco.