11 de maig del 2026

La sombra negra: memoria, culpa y la imposibilidad de confiar en una misma


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Aunque apenas tengo recuerdos de mi infancia y adolescencia —esas etapas en las que una convive bajo el mismo techo que sus progenitores y hermanos—, cuando intento pensar en ellas no vienen a mí escenas completas ni narraciones lineales. Llegan flashes. Imágenes dispersas. Sensaciones. Y, antes incluso de que aparezcan los pocos momentos vividos que aún permanecen en mi memoria, algo me recorre por dentro como una sombra negra.

Una sombra que trae consigo vergüenza, frustración, ira, impotencia.

A veces, cuando determinadas imágenes vuelven a mi mente —historias que quizá nunca deberían haber sido vividas—, mi cuerpo todavía parece recordar el dolor de ciertas heridas. Sin embargo, existe una parte de mí que insiste en pensar que todo podría ser una invención de una niña pequeña. Porque ¿a quién no le dijeron alguna vez que tenía mucha imaginación? La imaginación debería ser algo hermoso en la infancia: inocencia, juegos, mundos inventados, muñecas, fantasía.

Pero en mi caso, al pensar en ello, no aparece ternura ni nostalgia. Aparece malestar.

Y ese malestar resulta difícil de expresar con palabras porque nace de una contradicción imposible de resolver: por un lado, siento que quizá desde pequeña construí un mundo de dolor imaginario, que mi mente deformó la realidad hasta convertirla en algo oscuro y traumático. Como si hubiese existido en mí una especie de construcción psicópata prematura: falta de empatía hacia mis progenitores, ausencia de culpa o remordimiento al observar y juzgar comportamientos que quizá no eran más que actos normales dentro de una familia cualquiera.

Vivimos en una sociedad obsesionada con las etiquetas. Parece necesario nombrarlo todo para legitimar lo que sentimos. Y quizá por eso siento casi la obligación de detenerme en conceptos como “psicopatía”, aunque ni siquiera sea un término clínico oficial, sino más bien una descripción popular de ciertos rasgos relacionados con el trastorno antisocial de la personalidad.

Pero cuando intento analizarme desde esa perspectiva, algo no encaja.

No recuerdo en mí manipulación entendida como la capacidad de utilizar a los demás para beneficio propio. Tampoco encanto superficial. Sí algunas conductas impulsivas, pero nunca irresponsables. Y, sobre todo, existe algo que contradice la idea de una personalidad fría o cruel: el sufrimiento constante que me produce la posibilidad de haber hecho daño injustamente a quienes me cuidaron.

Porque esa es quizá la verdadera raíz de mi conflicto: no el miedo a haber sufrido, sino el miedo a estar acusando mentalmente a personas inocentes.

La introspección a la que me siento sometida debido a mis tratamientos psiquiátricos y psicológicos actuales ha intensificado esta duda hasta convertirla casi en una forma de tortura moral. Por momentos, siento que soy mala persona. No porque desee causar dolor o sufrimiento a quienes me rodean, sino porque tal vez mi mente haya guardado recuerdos distorsionados, convirtiendo en hechos reales acontecimientos que nunca ocurrieron. Como si hubiese culpado a mis cuidadores de actos inmorales nacidos únicamente de mi imaginación infantil.

La psicología del trauma habla, en ocasiones, de la fragmentación de la memoria. Especialmente durante la infancia, la mente no siempre recuerda los hechos de manera lineal o coherente; muchas veces almacena sensaciones corporales, emociones o imágenes inconexas. El trauma también puede generar mecanismos de disociación y duda constante sobre la propia experiencia. Y, paradójicamente, una de las reacciones más comunes en quienes han sufrido daño psicológico es precisamente desconfiar de sí mismos antes que cuestionar a quienes debían protegerlos.

Quizá porque aceptar que quienes tenían el deber de cuidar también pudieron herir resulta demasiado devastador.

Y, aun así, existen pequeños fragmentos de realidad que permanecen firmes.

Recuerdo comentarios de vecinos, conocidos de mis padres y personas ajenas al núcleo familiar. Todos repetían la misma idea: la suerte que teníamos de tener un padre tan bueno. Él trabajaba fuera de casa; mi madre permanecía en el hogar a nuestro cuidado. Aunque incluso esta frase debo cogerla con pinzas, porque mis recuerdos apuntan más bien hacia una madre constantemente enferma, una figura a la que yo misma parecía cuidar física y emocionalmente, y a quien nunca logré percibir como un verdadero referente afectivo.

Mi padre, sin embargo, recibía siempre los elogios.

Y cada vez que alguien hablaba de su bondad, algo dentro de mí se agitaba violentamente. Como una marea, un terremoto o un huracán. Aquellas palabras me sacudían con tanta fuerza que me dejaban paralizada, incapaz de responder lo que realmente sucedía dentro de casa.

Ese es, quizás, uno de los daños más profundos que una persona puede cargar: no solamente que el sufrimiento pase inadvertido, sino que además se espere de ti gratitud hacia quien te hizo daño.

Durante años pensé que tal vez todo había sido una construcción de mi imaginación. Pero existe algo que impide que esa explicación cierre del todo: mi hermana. Apenas nos llevamos quince meses, y con ella han reaparecido en distintas ocasiones conversaciones sobre esa doble cara que mi padre mostraba. La pública y la privada. La que existía de puertas hacia afuera y la que habitaba dentro del supuesto “hogar”.

Y hoy me siento capaz de poner esa palabra entre comillas.

Porque un hogar debería ser un lugar donde una persona pueda sentirse segura, libre, cómoda. Un espacio donde existan diálogo, cariño, comprensión, verdad y respeto. Especialmente respeto.

Por eso continúa habitando en mí una batalla constante entre dos versiones de la realidad. Una parte sigue negándose a aceptar que todo aquello ocurrió realmente. Sigue pensando que aquella niña dejó de jugar con muñecas para inventarse un mundo negro alrededor suyo. Y que esa oscuridad permanece todavía hoy dentro de ella, haciéndole creer que es mala persona.

La otra parte, sin embargo, reconoce cicatrices demasiado concretas para ser únicamente fantasía.

Existe un fenómeno psicológico conocido como “culpa internalizada”, frecuente en personas que crecieron en entornos emocionalmente invalidantes. Cuando el dolor de un niño no es reconocido, ese niño aprende a cuestionar sus propias emociones antes que cuestionar el entorno. Así, resulta más soportable pensar “el problema soy yo” que aceptar la posibilidad de haber sido herido por quienes debían amarle.

Quizá por eso me aferro con tanta fuerza a la idea de que todo pudo haber sido producto de mi mente. Porque antes que convertir a otros en culpables, prefiero convertirme yo misma en sospechosa.

Y entonces aparece la pregunta más cruel de todas:

¿Y si siempre fui una persona mentalmente enferma? ¿Y si mis pensamientos y recuerdos no son más que construcciones caóticas de alguien incapaz de percibir la realidad como el resto de las personas? ¿Y si realmente habitan en mí dos versiones enfrentadas del mundo, dos realidades paralelas incapaces de reconciliarse?

Tal vez esa hipótesis sea el último refugio al que me aferro.

Porque echar tierra sobre una misma resulta, a veces, menos doloroso que aceptar que el daño pudo venir precisamente de quienes tenían la responsabilidad de cuidar nuestra existencia.

Cougar

7 de maig del 2026

El pensamiento como refugio

                                            

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Hay momentos en la vida en los que uno no busca respuestas grandilocuentes, sino algo mucho más íntimo: entender qué le pasa por dentro. No siempre ocurre de forma clara. A veces empieza con una sensación difusa, una incomodidad persistente, una especie de ruido interno que no termina de apagarse. Y entonces aparece la pregunta, casi inevitable: “¿Por qué me siento así?”

En ese intento de comprenderse, uno puede encontrarse con diferentes modelos, teorías o lenguajes. Algunos hablan de personalidad, otros de patrones, otros de heridas emocionales. Pero, más allá de las palabras, hay algo que suele repetirse: la experiencia interna de no sentirse suficiente.

No como una idea superficial, sino como una sensación profunda, difícil de explicar. No es necesariamente constante, pero cuando aparece, lo ocupa todo. Puede manifestarse en comparaciones silenciosas, en la sensación de estar un paso por detrás de los demás, o en la impresión de que hay algo en uno mismo que debería ser distinto.

Lo que resulta interesante no es solo esa sensación, sino lo que ocurre después.

Ante ese malestar, la mente intenta proteger. No siempre de la mejor manera, pero sí de la forma que ha aprendido. En algunos casos, esa protección toma la forma de retirada. En lugar de acercarse al mundo, uno se repliega. Se reduce el contacto, se evita la exposición, se limita la interacción. No necesariamente de forma consciente, pero sí constante.

Es un gesto silencioso: desaparecer un poco.

En ese espacio de retirada, la mente sigue funcionando. De hecho, a menudo se intensifica. Aparecen pensamientos repetitivos, intentos de entender qué ha fallado, de encontrar una explicación que ordene lo que se siente. Pero cuanto más se piensa, más se enreda la experiencia. Lo que empezó como una sensación puntual se convierte en un bucle.

Así se construye un ciclo.

Primero aparece la duda sobre uno mismo. Después, la emoción que la acompaña: vergüenza, tristeza o inseguridad. Luego, la retirada como forma de protección. Y finalmente, el aislamiento refuerza la idea inicial. Sin contraste externo, sin nuevas experiencias, la mente se queda sola con su propia interpretación.

Y vuelve a empezar.

Lo importante aquí no es tanto el contenido de los pensamientos, sino el mecanismo que los sostiene. Porque intentar eliminar la sensación de no ser suficiente suele ser una batalla perdida. En cambio, lo que sí se puede modificar es la respuesta que se da cuando aparece.

Ahí es donde surge una posibilidad de cambio.

No se trata de transformaciones radicales ni de soluciones inmediatas. Más bien de pequeños gestos, casi imperceptibles, pero con un efecto acumulativo. Detectar el momento en que el pensamiento aparece, sin discutirlo ni darle más peso del necesario. Reconocerlo como una interpretación, no como una verdad absoluta.

Y, sobre todo, hacer algo que va en contra del impulso automático: no desaparecer del todo.

No es necesario exponerse en exceso ni forzarse a ser alguien distinto. Basta con mantener un mínimo contacto con la realidad externa. Un mensaje, una conversación breve, una presencia, aunque sea pequeña. Algo que rompa el aislamiento.

Al mismo tiempo, conviene sacar lo que ocurre dentro. No dejar que todo se quede atrapado en la mente. Escribir, hablar, moverse… no para resolver el problema, sino para evitar que se enquiste.

Hay una idea sencilla que resume bien el proceso por el que estoy pasando: cuando uno se siente peor, no puede confiar del todo en lo que piensa, pero sí puede confiar en pequeñas acciones. En decisiones mínimas que, aunque no cambien la emoción de inmediato, sí modifican el curso del ciclo.

Porque, en el fondo, el objetivo no es dejar de sentir inseguridad o duda. Eso forma parte de la experiencia humana. El verdadero cambio está en no quedar atrapado en el mismo recorrido una y otra vez.

Comprender esto no elimina el malestar, pero introduce algo nuevo: margen de maniobra. Y, a veces, eso es suficiente para empezar a moverse en otra dirección.

Hay una forma particular de malestar que no siempre se reconoce como tal. No es un dolor evidente ni una crisis clara, sino una tensión interna más sutil: la sensación de no entender del todo lo que a uno le ocurre por dentro. Y, junto a ella, una necesidad urgente de encontrar una explicación que lo ordene todo.

En ese estado, la mente no descansa. Busca, analiza, conecta ideas, revisa experiencias. No porque le guste hacerlo, sino porque aparece una emoción difícil de sostener: la incertidumbre. No saber con precisión qué está pasando se convierte en algo que inquieta, incluso más que el propio malestar inicial.

Y entonces comienza un movimiento interno repetitivo. Algo se siente extraño o doloroso, y casi de inmediato surge la necesidad de comprenderlo. La lógica es sencilla: si logro entenderlo, dejará de doler o perderá su fuerza. Pero esa búsqueda, en lugar de cerrar la experiencia, la prolonga.

Cuanto más se intenta explicar, más elementos aparecen. Y cuantos más elementos aparecen, más difícil resulta llegar a una conclusión definitiva. El pensamiento no avanza en línea recta, sino que da vueltas sobre sí mismo. Se convierte en un espacio cerrado donde cada respuesta genera una nueva pregunta.

Lo que sostiene ese proceso no es solo curiosidad. Es algo más profundo: una dificultad para tolerar la incertidumbre. La sensación de no tener una explicación clara activa una tensión interna que empuja a seguir pensando. No es un acto voluntario del todo, sino una forma de regular el malestar.

Así, el pensamiento deja de ser una herramienta y se convierte en un refugio. Un lugar donde la mente intenta calmarse a través del control. Pero el resultado es paradójico: cuanto más se intenta cerrar la duda, más presente se vuelve.

En ese punto, el problema ya no es lo que se siente originalmente, sino el esfuerzo por resolverlo mentalmente. El malestar inicial se mezcla con el desgaste de pensar sin descanso, y ambos se retroalimentan. La experiencia se vuelve más intensa no por lo que ocurrió, sino por lo que se intenta hacer con ello.

Sin embargo, en este proceso hay un giro importante que no siempre es evidente. La salida no aparece cuando se encuentra la explicación perfecta, porque esa explicación rara vez llega. La salida empieza a insinuarse cuando se modifica la relación con la necesidad de entender.

No se trata de renunciar al pensamiento ni de dejar de reflexionar, sino de reconocer el momento en que el pensamiento deja de ser útil y empieza a convertirse en un bucle. Ese instante en el que ya no se avanza, solo se repite.

En ese punto, aparece una posibilidad distinta: dejar de exigir una respuesta inmediata. No porque no exista una explicación, sino porque no es necesario tenerla en ese momento para poder continuar.

Esta idea choca con una intuición muy arraigada: la de que la calma solo llega cuando todo está claro. Pero en la práctica ocurre algo diferente. La calma no depende tanto de entenderlo todo, sino de poder permanecer, aunque haya cosas que no se entiendan todavía.

Eso implica algo contraintuitivo: aprender a convivir con la incertidumbre sin intentar eliminarla de inmediato. No como una rendición, sino como una forma distinta de relación con lo que ocurre internamente.

En lugar de pensar “cuando lo entienda, estaré bien”, aparece otra posibilidad más realista: “puedo estar bien incluso sin entenderlo del todo ahora”.

Desde ahí, el pensamiento deja de ser una obligación constante. Puede seguir existiendo, pero ya no gobierna la experiencia. Y lo que antes era un bucle cerrado empieza, poco a poco, a aflojarse.

No porque todo se haya resuelto, sino porque ya no es imprescindible resolverlo todo para poder seguir.



Cougar

6 de maig del 2026

Culpa y Curación. Entre el Miedo y la Libertad.

 

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Hace unos días, mi psiquiatra me comunicó que se había decidido mi ingreso en la unidad de hospitalización de subagudos del Centro de Salud Mental de Arenys de Munt. Inicialmente, se había considerado el Hospital de Mataró como posible opción, pero después de una evaluación detallada, se concluyó que los beneficios del tratamiento allí no coincidirían con mis necesidades actuales.

La noticia de este ingreso ha desatado en mí una variedad de sentimientos contradictorios, siendo los más predominantes el miedo y la culpa. El miedo se debe, en primer lugar, a lo desconocido; a un entorno nuevo que no puedo anticipar ni controlar. El miedo a enfrentarme a lo que se percibe como un “abismo”, al dejar atrás una vida cotidiana conocida y sumergirme en un tratamiento intensivo.

La culpa, por otro lado, surge de la creencia errónea de que al ingresar en el hospital estoy abandonando a las personas más cercanas a mí, aquellos seres queridos que forman mi círculo cercano. No puedo evitar pensar que, al tomar esta decisión, estoy dejándolos solos, sin tener en cuenta que este ingreso es, de hecho, una medida necesaria para mi bienestar mental y emocional. Sin embargo, el sentimiento persiste, arraigado en la idea de que debo anteponer el cuidado de otros a mi propio bienestar, como ha ocurrido en muchas etapas anteriores de mi vida.

Este sentimiento de culpa es también alimentado por lo que algunos profesionales de la salud han diagnosticado como “síndrome de Estocolmo”, término que en su sentido clínico hace referencia a la relación psicológica que se establece entre una víctima y su captor, en donde la víctima desarrolla una afinidad y empatía hacia la persona que la mantiene bajo su control. Aunque en mi caso no haya existido una situación de secuestro físico, podría decirse que he vivido, desde mi infancia, un “encierro a medio gas”, en el que, si bien he tenido la libertad de salir de casa para ir a la escuela, mi vida estaba profundamente influenciada y controlada por los deseos de mis progenitores. En términos psicológicos, esto podría encajar con lo que se denomina “control parental excesivo” o “pertenencia emocional tóxica”, en la que el hijo/a se siente constantemente subordinado y sin espacio para el desarrollo autónomo.

A medida que he crecido y he adquirido conciencia de mi situación, he comenzado a identificar patrones que antes no era capaz de reconocer. Este tipo de control paternal no solo limitaba mis acciones, sino que afectaba profundamente mi bienestar emocional, al no permitirme una expresión libre de mis pensamientos y sentimientos. A este fenómeno, los psicólogos lo pueden asociar con la “falta de autonomía emocional”, lo que genera un impacto negativo en la autoestima y la independencia psicológica de la persona afectada.

Hoy en día, con la ayuda de profesionales en Salud Mental, he comprendido que este comportamiento de mis padres, aunque quizás inconsciente, no solo fue dañino, sino que debí haberlo cuestionado mucho antes. Esta comprensión me lleva a una mayor aceptación de que mis decisiones, por difíciles que sean, deben ser tomadas desde una perspectiva de autocompasión y no desde el remordimiento.

No obstante, lo más difícil de este proceso es la sensación de pena que sigo sintiendo hacia las mismas personas que, en gran medida, fueron responsables de mi sufrimiento emocional. A pesar de que reconozco las heridas que dejaron, una parte de mí continúa colocando sus necesidades y sentimientos por encima de los míos. Este fenómeno es conocido en psicología como “condiciones de valía” o “culpa internalizada”, en donde el individuo cree que solo es “bueno” o “merecedor” de amor si satisface las expectativas ajenas, incluso a costa de su propio bienestar.

Quizás por todo lo anterior, la necesidad del ingreso hospitalario se hace más evidente. En un contexto clínico, se denomina “ingreso involuntario” cuando una persona requiere tratamiento psiquiátrico y el entorno doméstico o social no es lo suficientemente seguro o adecuado para el tratamiento adecuado. Este tipo de ingreso se orienta a ofrecer un “descanso mental” en el que se puedan realizar intervenciones terapéuticas más intensivas, proporcionando al paciente un espacio seguro para procesar sus emociones y pensamientos sin la interferencia de factores estresantes externos.

Sin embargo, la separación física de mi entorno, que podría ser vista como una oportunidad de sanación, también me causa una angustia considerable. Siento que este distanciamiento, aunque necesario, también me convierte en una “mala persona” por alejarme de los que, según la lógica social, deberían ser mis principales responsables emocionales. Este es un ejemplo claro de la dicotomía emocional que caracteriza muchas de mis reflexiones actuales, donde se manifiestan los extremos del “todo o nada”, una dinámica que suele ser característica de trastornos como el trastorno límite de la personalidad (TLP), en el que los sentimientos de abandono y la percepción distorsionada de las relaciones interpersonales juegan un papel importante.

Al final, el proceso de aceptar este ingreso como una opción de cuidado para mí misma, más que como un acto de abandono hacia mis seres queridos, me lleva a confrontar una verdad dolorosa pero liberadora: no puedo continuar anteponiendo el bienestar de los demás a costa de mi salud mental. Es un paso necesario, aunque angustioso, en el camino hacia la curación.

Cougar

5 de maig del 2026

Mente, energía y conciencia en un Ecosistema Mágico


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El pasado 1, 2 y 3 de mayo, en un rincón vibrante de Barcelona junto al mar, se ha celebrado la 45ª edición de Magic Internacional. El lugar —el World Trade Center—se ha convertido durante tres jornadas en algo más que un recinto ferial: se ha metamorfoseado en un punto de encuentro entre la curiosidad, la búsqueda personal y las múltiples formas en que los seres humanos intentan comprenderse a sí mismos.

Al cruzar sus puertas, uno no entra simplemente en una feria, sino en un mosaico de creencias, prácticas y lenguajes simbólicos. Los pasillos están llenos de estímulos: mesas donde se leen cartas del tarot, espacios dedicados a la numerología o la astrología, terapeutas que ofrecen sesiones de reiki o sonido, y puestos repletos de minerales, libros y objetos cargados de significado. Todo convive en una especie de ecosistema donde lo espiritual, lo psicológico y lo intuitivo se entremezclan sin fronteras claras.

Hay algo profundamente humano en ese ambiente. Más allá de la estética esotérica, lo que realmente se percibe es una necesidad compartida: la de entender qué nos pasa, por qué somos como somos, y cómo podríamos vivir con más sentido o menos sufrimiento. En ese contexto, las conferencias y talleres funcionan como pequeñas ventanas a distintas interpretaciones del mundo. Algunas hablan de experiencias cercanas a la muerte, otras de tradiciones antiguas como la cábala, y muchas giran en torno al crecimiento personal, los bloqueos emocionales y los patrones que repetimos.

Entre todas esas propuestas, hay conceptos que resuenan con especial fuerza cuando uno está atravesando un momento delicado. Y precisamente fue éste el que me llegó con más fuerza y clarividencia: el Eneagrama. El Eneagrama aparece como una de esas herramientas que prometen ordenar el caos interior. No se presenta tanto como una ciencia, sino como un mapa: una forma de clasificar tipos de personalidad y, sobre todo, de entender cómo se construyen.

La idea de fondo resulta sugerente. Se plantea que, al nacer, entramos en el mundo con una sensibilidad abierta, especialmente marcada por el vínculo materno o el entorno inmediato. En esa primera etapa se configuran sensaciones básicas de seguridad o carencia. Después, en un intento por adaptarnos, desarrollamos una personalidad: una especie de estrategia para encajar, para ser aceptados o para protegernos. Con el tiempo, esa personalidad se consolida y se convierte en carácter, en patrones automáticos que repetimos sin darnos cuenta.

Lo interesante no es tanto si este modelo es exacto o no —porque no pertenece al ámbito de la psicología científica—, sino lo que despierta en quien lo escucha. Porque, en el fondo, funciona como un espejo simbólico. Invita a preguntarse: ¿qué partes de mí son aprendidas? ¿Qué reacciones repito? ¿De dónde vienen mis miedos o mis formas de relacionarme?

Cuando alguien atraviesa dificultades en su salud mental, estas preguntas adquieren un peso especial. La mente busca explicaciones, intenta ordenar lo que duele, encontrar patrones que den sentido a lo que parece caótico. En ese estado, un entorno como Magic Internacional puede resultar especialmente impactante. No tanto por las respuestas que ofrece, sino por la cantidad de caminos que sugiere.

Sin embargo, ahí también aparece una frontera delicada. Porque no todo lo que se presenta como explicación tiene el mismo valor. Algunas ideas pueden servir como herramientas de reflexión, como lenguajes que ayudan a nombrar experiencias internas. Otras, en cambio, pueden confundir o generar expectativas poco realistas. Por eso, el verdadero reto no está en aceptar o rechazar lo que se encuentra en estos espacios, sino en saber integrarlo con criterio.

Y eso no es debilidad: es búsqueda de coherencia interna. Pero también hay que tener en cuenta, siendo honestos con uno mismo, que este tipo de ferias pueden abrir preguntas, pero no sustituyen un acompañamiento psicológico real.

Quizá el valor más honesto de una experiencia así no está en encontrar verdades definitivas, sino en activar la curiosidad. En abrir preguntas que luego puedan explorarse de manera más sólida, más acompañada, más consciente. En ese sentido, lo que queda después de la feria no son tanto las respuestas, sino la sensación de haber tocado algo propio.

Algo que, de alguna manera, ya estaba ahí antes de entrar.

Cougar

4 de maig del 2026

Discapacidad y sentimientos.

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Aunque tengamos una discapacidad en mi caso un 47 por ciento o un trastorno diagnosticado también somos personas que sufrimos, padecemos, lloramos, reimos sabemos diferenciar el bien del mal, a lo mejor tenemos mas sensibilidad que algunas personas si nos psicoanalizaran a cada uno nos sacarían algo a todos. Los psicólogos también necesitan psicólogos cuando estan sobresaturados. También podemos querer y ser queridos en mi caso estuve con una chica 18 años en Zaragoza y y aunque teníamos diferencias ella física y yo psicólogica, pasamos una pandemia juntos y aunque se acabó mantenemos en contacto. Nos complementábamos perfectamente. Quién sabe a lo mejor algún día volvemos a encontrarnos en el camino. He viajado por toda España menos la Rioja y Extremadura y he conocido muchos lugares donde he estado incluso he estado en las islas canarias y baleares. Incluso teniendo una discapacidad he cuidado de una persona enferma con ELA durante 9 años. Sin guardar un día de fiesta y aunque me han quedado secuelas no me arrepiento de haberlo hecho. He luchado contra la enfermedad. Hay que cuidar al enfermo pero también al cuidador. Lo dicho no se si valdrá estas lineas a alguien pero nunca tire la toalla. Hasta q se despidio de mi mano. En paz descanse.

Chema.


1 de maig del 2026

Salud Mental y su ADN Antropológico


                                     

https://www.eleconomista.es/opinion/noticias/12619931/01/24/el-impacto-economico-de-no-cuidar-de-la-salud-mental-en-las-empresas-.html


La salud mental, entendida desde la Antropología, trasciende los límites de la biología individual para situarse en un entramado complejo de significados culturales, procesos históricos y relaciones sociales. Lejos de ser una realidad universal y estática, lo que se considera “salud” o “enfermedad mental” varía profundamente entre sociedades y épocas, revelando que estas categorías son, en gran medida, construcciones humanas situadas en contextos específicos.

En una perspectiva transcultural, se observa que las formas de experimentar y expresar el sufrimiento psicológico no son homogéneas. En diversas regiones de África subsahariana, por ejemplo, los trastornos mentales pueden interpretarse como desequilibrios en la relación con los ancestros o con el mundo espiritual, más que como alteraciones internas del individuo. En contraste, en Asia Oriental es común que el malestar emocional se manifieste a través del cuerpo, en forma de síntomas físicos, antes que mediante una verbalización directa de las emociones. Por su parte, las sociedades occidentales contemporáneas, influenciadas por el desarrollo de la Psiquiatría, tienden a conceptualizar estos fenómenos en términos diagnósticos y biomédicos, como depresión o ansiedad. Estas diferencias evidencian que la salud mental no puede separarse de los marcos culturales que le otorgan sentido.

El análisis histórico refuerza esta idea al mostrar cómo las concepciones sobre la locura han evolucionado de manera significativa. En la Grecia Antigua, se atribuía el desequilibrio mental a alteraciones en los humores corporales. Durante la Edad Media europea, en cambio, se interpretaba frecuentemente como resultado de posesión demoníaca o castigo divino. Con la llegada de la modernidad, emergieron instituciones dedicadas al encierro y tratamiento de los considerados “locos”, en un proceso que el filósofo Michel Foucault analizó críticamente como parte de un sistema de control social. En el siglo XX, el desarrollo del modelo biomédico consolidó la idea de la enfermedad mental como un fenómeno clínico susceptible de diagnóstico y tratamiento estandarizado. Sin embargo, incluso este enfoque ha sido cuestionado por su tendencia a universalizar categorías que no siempre son aplicables a todos los contextos culturales.



Otro aspecto fundamental desde la antropología es la tensión entre el individuo y la comunidad. Mientras que en muchas sociedades no occidentales la salud mental está intrínsecamente vinculada al equilibrio social y a la calidad de las relaciones interpersonales, el enfoque occidental moderno tiende a centrarse en el individuo como unidad de análisis y tratamiento. Así, el sufrimiento psicológico puede ser entendido, en ciertos contextos, no como un problema interno, sino como una manifestación de conflictos sociales, familiares o incluso ecológicos. Esta visión relacional cuestiona la idea de que la mente pueda analizarse de forma aislada del entorno en el que se desarrolla.

La Antropología médica ha contribuido de manera significativa a comprender estas interacciones entre cuerpo, mente y cultura. Desde esta perspectiva, las emociones no solo se experimentan psicológicamente, sino también físicamente, y su expresión depende de los recursos simbólicos disponibles en cada cultura. Esto da lugar a síndromes culturalmente específicos, como el aislamiento social extremo conocido como hikikomori en Japón, o el ataque de nervios en contextos caribeños. Estos fenómenos desafían las clasificaciones universales y subrayan la necesidad de enfoques más sensibles a la diversidad cultural.

Asimismo, la antropología crítica pone de relieve el papel del poder en la definición de la normalidad y la patología. Las instituciones sociales —desde hospitales hasta sistemas educativos y estructuras estatales— han participado históricamente en la regulación de comportamientos mediante categorías diagnósticas. En este sentido, lo que se considera “enfermedad mental” puede reflejar no solo una condición clínica, sino también normas sociales dominantes y mecanismos de exclusión o control.

En la actualidad, los enfoques más integradores buscan articular distintas dimensiones de la salud mental, combinando aportes de la biología, la psicología, la cultura y el contexto social. Se reconoce que factores como la desigualdad, la migración, la violencia o el trauma colectivo influyen profundamente en la experiencia del sufrimiento psíquico. Desde esta mirada, la salud mental no puede reducirse a procesos neuroquímicos, sino que debe entenderse como una experiencia compleja y situada.

En definitiva, la perspectiva antropológica invita a reconsiderar la salud mental como una realidad plural, moldeada por la historia, la cultura y las relaciones sociales. Más que una categoría fija, se trata de un fenómeno dinámico que refleja las múltiples formas en que los seres humanos interpretan, viven y gestionan su bienestar psicológico en distintos contextos del mundo y a lo largo del tiempo.

En definitiva, desde la antropología, la salud mental no es solo lo que pasa en el cerebro, sino una experiencia vivida que depende de la cultura, la historia, las relaciones sociales y el poder.

Para concluir, me dejaréis que cierre este escrito con un:

“Dicen que todos estamos un poco locos… la diferencia es que algunos ya tenemos diagnóstico… y otros todavía están en fase beta.”

Cougar

28 d’abril del 2026

SRC Burriac: donde florecen rosas y vencemos dragones






                          



Unos meses antes de que Sant Jordi alce su espada frente al dragón y, de la herida de la bestia, broten rosas capaces de teñir de rojo calles y balcones, en el SRC Burriac de Premià de Mar ya empieza otra batalla: la de la ilusión, la constancia y la esperanza.

Bajo el nombre de Burriac, que evoca al castillo que vigila desde lo alto nuestras tierras vecinas de Cabrera de Mar, nos ponemos manos a la obra para que la magia de la Diada florezca también entre nosotros y se extienda por cada rincón de Premià de Mar.

En nuestros talleres, usuarios, profesionales del centro y la querida voluntaria Marga compartimos mucho más que una actividad. Compartimos tiempo, confianza y ganas de crear. Entre risas, paciencia y manos entregadas, nacen pequeñas obras inspiradas en Sant Jordi: dragones juguetones –con piruleta incluida –, rosas hechas de tela y cartón con mucho color, puntos de libro que guardarán nuevas aventuras e imanes destinados a llenar de alegría los hogares; entre un largo etcétera.

Cada una de estas piezas se expone y se vende en la antigua plaza del Ayuntamiento de Premià de Mar durante la Diada. Pero su valor va mucho más allá de lo material, porque todo lo recaudado se dona íntegramente a una entidad sin ánimo de lucro.

Previamente, en la actividad que se realizan los miércoles por la mañana en el centro, en la Asamblea, todos los asistentes a la misma y/o a las diferentes actividades realizadas por dicho Centro, sugieren una Asociación como beneficiario del importe recaudado. Los tres candidatos con más votos propuestos durante las semanas previas, llega a su recta final, con la nueva y última votación entre ellos. Siendo la entidad ganadora en última instancia la que tendrá el honor de venir a visitarnos, contarnos en primera persona el proyecto y sus particularidades y recogerá el premio final.

Este año, el Agrupament Escolta Amon-Ra ha sido el claro vencedor. Una entidad donde la tarea principal es la educación en el ocio de los niños y jóvenes del pueblo. Próximamente nos visitarán para compartir su proyecto, explicarnos la tarea que realizan y recoger un premio económico que nace del esfuerzo colectivo y del corazón de muchas personas del SRC Burriac.

Pero si algo hace especial esta historia es quiénes dan vida a cada rosa y a cada dragón. Todas estas manualidades han sido creadas en las actividades organizadas en Art i Acció, Espai d'Art i Monogràfics, principalmente; y por personas con problemas de salud mental. Personas que, cada día, libran combates silenciosos contra sus propios dragones: el miedo a salir de casa, la inseguridad de no sentirse capaces, la frustración de que algo no salga como imaginaban, la vergüenza de exponerse ante los demás o de atender una parada llena de gente.

Y, aun así, avanzan. Como auténticos caballeros y heroínas de lo cotidiano, enfrentan sus propios dragones para tender la mano a otros colectivos que también necesitan apoyo. Cambian el miedo por valentía, la duda por esfuerzo y el silencio por solidaridad.

Porque en el SRC Burriac no solo se hacen manualidades. Se construye autonomía. Se recupera confianza. Se aprende a empezar y terminar tareas que parecían imposibles. Se descubre la alegría de sentirse útil y la fuerza de pertenecer a un grupo que no juzga, sino que acompaña; que no estigmatiza, sino que abraza. Todos estos pequeños quehaceres que nos propone el gran equipo que forma el SRC Burriac, nos proporciona bienestar con uno mismo, nos hace sentir útiles, nos da confianza, fortaleza y, sobre todo, sentimiento de pertinencia.

Con ese mismo espíritu, las personas que participan en la actividad Llibre Actiu montan cada año una parada frente al centro para acercar la lectura al vecindario. Allí invitan a intercambiar libros o simplemente a donar historias que merecen seguir viajando de mano en mano. Porque también los libros, como las rosas, tienen el poder de unir personas. Y aunque sin el beneficio económico que generan las manualidades de las otras actividades, con una sonrisa y con mucha ilusión, los voluntarios de dicha actividad dan a conocer a la población el servicio que ofrecen; e invitan a todo el que lo desee, la aportación de libros, haya o no la contribución implícita de intercambio por otro libro.

A quienes no habéis podido participar en los talleres, y a quienes todavía desconocéis todo lo que florece detrás de nuestra parada de Sant Jordi, os animamos a acercaros el próximo año.

Porque para muchos, comprar una rosa, un punto de libro o un pequeño detalle puede parecer un gesto sencillo. Pero para nosotros significa mucho más: aceptación, gratitud, autoestima y la certeza de que, incluso después de las batallas más difíciles, siempre puede volver a brotar una rosa.

Cougar