http://www.72kilos.com/
Aunque apenas tengo recuerdos de mi infancia y adolescencia —esas etapas en las que una convive bajo el mismo techo que sus progenitores y hermanos—, cuando intento pensar en ellas no vienen a mí escenas completas ni narraciones lineales. Llegan flashes. Imágenes dispersas. Sensaciones. Y, antes incluso de que aparezcan los pocos momentos vividos que aún permanecen en mi memoria, algo me recorre por dentro como una sombra negra.
Una sombra que trae consigo vergüenza, frustración, ira, impotencia.
A veces, cuando determinadas imágenes vuelven a mi mente —historias que quizá nunca deberían haber sido vividas—, mi cuerpo todavía parece recordar el dolor de ciertas heridas. Sin embargo, existe una parte de mí que insiste en pensar que todo podría ser una invención de una niña pequeña. Porque ¿a quién no le dijeron alguna vez que tenía mucha imaginación? La imaginación debería ser algo hermoso en la infancia: inocencia, juegos, mundos inventados, muñecas, fantasía.
Pero en mi caso, al pensar en ello, no aparece ternura ni nostalgia. Aparece malestar.
Y ese malestar resulta difícil de expresar con palabras porque nace de una contradicción imposible de resolver: por un lado, siento que quizá desde pequeña construí un mundo de dolor imaginario, que mi mente deformó la realidad hasta convertirla en algo oscuro y traumático. Como si hubiese existido en mí una especie de construcción psicópata prematura: falta de empatía hacia mis progenitores, ausencia de culpa o remordimiento al observar y juzgar comportamientos que quizá no eran más que actos normales dentro de una familia cualquiera.
Vivimos en una sociedad obsesionada con las etiquetas. Parece necesario nombrarlo todo para legitimar lo que sentimos. Y quizá por eso siento casi la obligación de detenerme en conceptos como “psicopatía”, aunque ni siquiera sea un término clínico oficial, sino más bien una descripción popular de ciertos rasgos relacionados con el trastorno antisocial de la personalidad.
Pero cuando intento analizarme desde esa perspectiva, algo no encaja.
No recuerdo en mí manipulación entendida como la capacidad de utilizar a los demás para beneficio propio. Tampoco encanto superficial. Sí algunas conductas impulsivas, pero nunca irresponsables. Y, sobre todo, existe algo que contradice la idea de una personalidad fría o cruel: el sufrimiento constante que me produce la posibilidad de haber hecho daño injustamente a quienes me cuidaron.
Porque esa es quizá la verdadera raíz de mi conflicto: no el miedo a haber sufrido, sino el miedo a estar acusando mentalmente a personas inocentes.
La introspección a la que me siento sometida debido a mis tratamientos psiquiátricos y psicológicos actuales ha intensificado esta duda hasta convertirla casi en una forma de tortura moral. Por momentos, siento que soy mala persona. No porque desee causar dolor o sufrimiento a quienes me rodean, sino porque tal vez mi mente haya guardado recuerdos distorsionados, convirtiendo en hechos reales acontecimientos que nunca ocurrieron. Como si hubiese culpado a mis cuidadores de actos inmorales nacidos únicamente de mi imaginación infantil.
La psicología del trauma habla, en ocasiones, de la fragmentación de la memoria. Especialmente durante la infancia, la mente no siempre recuerda los hechos de manera lineal o coherente; muchas veces almacena sensaciones corporales, emociones o imágenes inconexas. El trauma también puede generar mecanismos de disociación y duda constante sobre la propia experiencia. Y, paradójicamente, una de las reacciones más comunes en quienes han sufrido daño psicológico es precisamente desconfiar de sí mismos antes que cuestionar a quienes debían protegerlos.
Quizá porque aceptar que quienes tenían el deber de cuidar también pudieron herir resulta demasiado devastador.
Y, aun así, existen pequeños fragmentos de realidad que permanecen firmes.
Recuerdo comentarios de vecinos, conocidos de mis padres y personas ajenas al núcleo familiar. Todos repetían la misma idea: la suerte que teníamos de tener un padre tan bueno. Él trabajaba fuera de casa; mi madre permanecía en el hogar a nuestro cuidado. Aunque incluso esta frase debo cogerla con pinzas, porque mis recuerdos apuntan más bien hacia una madre constantemente enferma, una figura a la que yo misma parecía cuidar física y emocionalmente, y a quien nunca logré percibir como un verdadero referente afectivo.
Mi padre, sin embargo, recibía siempre los elogios.
Y cada vez que alguien hablaba de su bondad, algo dentro de mí se agitaba violentamente. Como una marea, un terremoto o un huracán. Aquellas palabras me sacudían con tanta fuerza que me dejaban paralizada, incapaz de responder lo que realmente sucedía dentro de casa.
Ese es, quizás, uno de los daños más profundos que una persona puede cargar: no solamente que el sufrimiento pase inadvertido, sino que además se espere de ti gratitud hacia quien te hizo daño.
Durante años pensé que tal vez todo había sido una construcción de mi imaginación. Pero existe algo que impide que esa explicación cierre del todo: mi hermana. Apenas nos llevamos quince meses, y con ella han reaparecido en distintas ocasiones conversaciones sobre esa doble cara que mi padre mostraba. La pública y la privada. La que existía de puertas hacia afuera y la que habitaba dentro del supuesto “hogar”.
Y hoy me siento capaz de poner esa palabra entre comillas.
Porque un hogar debería ser un lugar donde una persona pueda sentirse segura, libre, cómoda. Un espacio donde existan diálogo, cariño, comprensión, verdad y respeto. Especialmente respeto.
Por eso continúa habitando en mí una batalla constante entre dos versiones de la realidad. Una parte sigue negándose a aceptar que todo aquello ocurrió realmente. Sigue pensando que aquella niña dejó de jugar con muñecas para inventarse un mundo negro alrededor suyo. Y que esa oscuridad permanece todavía hoy dentro de ella, haciéndole creer que es mala persona.
La otra parte, sin embargo, reconoce cicatrices demasiado concretas para ser únicamente fantasía.
Existe un fenómeno psicológico conocido como “culpa internalizada”, frecuente en personas que crecieron en entornos emocionalmente invalidantes. Cuando el dolor de un niño no es reconocido, ese niño aprende a cuestionar sus propias emociones antes que cuestionar el entorno. Así, resulta más soportable pensar “el problema soy yo” que aceptar la posibilidad de haber sido herido por quienes debían amarle.
Quizá por eso me aferro con tanta fuerza a la idea de que todo pudo haber sido producto de mi mente. Porque antes que convertir a otros en culpables, prefiero convertirme yo misma en sospechosa.
Y entonces aparece la pregunta más cruel de todas:
¿Y si siempre fui una persona mentalmente enferma? ¿Y si mis pensamientos y recuerdos no son más que construcciones caóticas de alguien incapaz de percibir la realidad como el resto de las personas? ¿Y si realmente habitan en mí dos versiones enfrentadas del mundo, dos realidades paralelas incapaces de reconciliarse?
Tal vez esa hipótesis sea el último refugio al que me aferro.
Porque echar tierra sobre una misma resulta, a veces, menos doloroso que aceptar que el daño pudo venir precisamente de quienes tenían la responsabilidad de cuidar nuestra existencia.
Cougar