14 d’abril del 2026

Proceso Continuo


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Llevo un año y cinco meses de baja. Todo empezó a raíz de dos crisis de ansiedad fuertes en el trabajo, en el transcurso de dos años. Ahora soy consciente de que, durante todo ese tiempo, mi cuerpo ya me estaba enviando señales de que algo no iba bien. Tal vez, si hubiera sabido identificarlas antes, no habría llegado al punto en el que me encuentro hoy. Pero la vida sigue su curso y, cuando estás acostumbrada a luchar ante las adversidades, simplemente sigues adelante sin escuchar a tu ser interior.

Durante este período de baja me han recetado diferentes medicamentos para ayudar a mi cuerpo, pero sobre todo a mi mente, a recuperar el equilibrio.

Tengo que reconocer que algunos facultativos han velado por mi bienestar y por ayudarme a ser una mejor versión de la persona que era antes de esos episodios. Me están acompañando en este proceso como lo haría un ser querido: con calidez, cercanía, estima y comprensión. Sin embargo, también existe la otra cara de la moneda. Hay quienes me han hecho sentir que no soy una persona, sino un nombre en una lista, un número más, una paciente a la que hay que tachar dentro de una jornada laboral. Como si fueran meros gestores administrativos que tramitan datos, sin espacio para la empatía, la escucha activa o la sensibilidad.

Hoy escribo esto porque siento que la medicación cada vez me está nublando más la memoria. Y no hablo solo de quedarme en blanco a mitad de una conversación o de entrar en un supermercado a comprar un bote de mantequilla y, al cruzar la puerta, no recordar qué hacía allí. Hablo de algo más profundo: de cómo los rasgos que antes me definían están desapareciendo poco a poco. Y eso me genera aún más frustración y ansiedad. Porque esa agilidad mental, esa vitalidad intelectual, se va desdibujando con el paso de los días.

Aquellos pequeños actos cotidianos que antes daban sentido a mis días —escuchar música, leer, pintar, caminar por la montaña—, y que aportaban color incluso en los momentos más grises, ahora se han convertido en una fuente de inquietud. Me generan ansiedad porque conservo el recuerdo de lo que me hacían sentir, y el hecho de no poder experimentarlos ahora, ni física ni mentalmente, despierta en mí una constante sensación de querer y no poder.

La realidad es que, hoy en día, solo encuentro paz y tranquilidad en casa, en mi sofá, en posición fetal y en la oscuridad. No quiero escuchar voces ni ruidos. La luz me molesta, me hiere los ojos y la cabeza. Tampoco quiero hablar. Solo necesito estar quieta, en silencio, en soledad, alejada del movimiento constante del mundo.

Ni amigos, ni pareja, ni familia… cualquier mensaje suyo irrumpe en ese estado de silencio que tanto necesito, y me incomoda. Y por todo ello, porque lo único que anhelo es sentir paz, me siento profundamente agotada. Agotada de años de lucha y de exigencia. De seguir adelante con una sonrisa, cumpliendo, siendo perfecta según una mente marcada por la disciplina, la rectitud y el compromiso. Cansada también de haber llenado mi vida de proyectos y actividades para mantener mi mente ocupada, para no mirar de frente todo aquello que guardo en un baúl de recuerdos oscuros en lo más profundo de mi subconsciente.

La vida, sin embargo, sigue avanzando. Y yo sigo aquí, transitando en este proceso, a veces con angustia, pero confiando en que algún día pueda volver a encontrar una forma de paz que no duela, que no pese, que simplemente sea. Solamente anhelo que llegue el día en que pueda descansar en una paz infinita y eterna.

Cougar

13 d’abril del 2026

(Re)Construirse


https://filmow.com/machos-alfa

 

Hace unos días vi en Netflix el anuncio de la nueva temporada de Machos Alfa, que se estrena el próximo 17 de abril… ¡y ya van cinco! No sé qué tiene esta serie, pero me tiene completamente enganchada.
Sus personajes son tan distintos entre sí, con vidas y formas de ver el mundo casi opuestas, que no puedo evitar reírme en cada capítulo. Pero más allá del humor, es una serie que también invita a reflexionar sobre los nuevos conceptos, las formas de relacionarnos y cómo estamos cambiando como sociedad.
Y es que la vida no se queda quieta: está en constante movimiento, igual que nosotros.
Si tuviera que resumir las cuatro temporadas que ya he visto en una sola palabra, sería esta: (re)construirse.
En la serie Machos Alfa, el concepto de reconstruirse aparece de forma bastante irónica y crítica.
Los protagonistas (como Pedro, Luis, Raúl y Santi) se ven obligados a replantearse quiénes son en un contexto donde los roles masculinos tradicionales están cambiando. Ahí es donde entra esa idea de reconstrucción.
Pero la serie no la presenta como un proceso profundo y consciente, sino más bien como algo confuso (no tienen claro qué significa “ser mejores hombres”), forzado (sienten presión social por adaptarse rápido a nuevas normas); superficial, sobre todo al principio (intentan cambiar comportamientos sin entender realmente el fondo), y a veces ridículo (la comedia surge de sus intentos torpes de deconstruirse).
En ese sentido, reconstruirse en la serie es casi una parodia de ciertos discursos modernos sobre crecimiento personal. Muestra que cambiar no es automático, no basta con repetir ideas nuevas, y muchas veces el ego, la inseguridad o la costumbre dificultan el proceso real. Sin embargo, también deja ver algo más realista: la reconstrucción emocional y personal es desordenada, incómoda y llena de contradicciones.
En resumen, la serie sugiere que reconstruirse no es convertirse de golpe en una versión perfecta de uno mismo, sino atravesar un proceso torpe, gradual y a veces incoherente de adaptación.
La idea de que una persona tiene que reconstruirse puede ser poderosa… pero también peligrosa, dependiendo de cómo se entienda.
Por un lado, sí: los seres humanos cambiamos constantemente. Después de experiencias duras —una pérdida, una enfermedad, una ruptura— es bastante natural sentir que la versión anterior de uno mismo ya no encaja. En ese sentido, reconstruirse puede significar adaptarse, integrar lo vivido y seguir adelante con más conciencia. Eso puede ser algo muy sano.
Pero hay un matiz importante: no siempre es necesario romperse para volver a armarse. A veces esa idea mete presión, como si estuvieras obligado a convertirte en alguien completamente nuevo o mejor después de cada golpe. Y eso no siempre es realista ni justo. Hay momentos en los que simplemente resistir, sostenerte o seguir siendo quién eres ya es suficiente.
También puede pasar que esa narrativa haga que la gente sienta que su valor depende de cuánto ha cambiado o mejorado, cuando en realidad muchas partes de ti no necesitan ser reconstruidas, sino aceptadas. Quizá una forma más equilibrada de verlo sería, no tanto reconstruirse desde cero, sino reorganizarse, adaptarse o incluso reconciliarse con uno mismo.
 
En el contexto de la salud emocional, la idea de reconstruirse tiene sentido, pero conviene aterrizarla bien para que no se vuelva una carga más.
Cuando alguien pasa por algo emocionalmente fuerte —ansiedad, depresión, una enfermedad, duelo— es normal sentir que ya no eres el mismo. Ahí aparece esa sensación de tener que reconstruirte. Y en parte es cierto: necesitas reajustar cómo piensas, cómo te cuidas, cómo te relacionas contigo y con los demás.
Pero aquí está lo importante: no estás empezando desde cero ni estás roto como algo que hay que arreglar por completo.
Más que reconstrucción total, en salud emocional podríamos hablar de recolocar piezas: entender qué te ha afectado y qué necesitas ahora (que puede ser distinto a antes). Aprender nuevas formas de cuidarte: poner límites, descansar, pedir ayuda, gestionar pensamientos. Aceptar cambios: hay experiencias que te transforman, y luchar contra eso suele doler más. Conservar lo esencial: no todo en ti necesita cambiar. De hecho, muchas de tus fortalezas ya estaban ahí.
También hay un riesgo con la idea de reconstruirse: puede hacerte sentir que siempre deberías estar mejorando o sanando de forma perfecta. Y la realidad es más irregular. Hay avances, retrocesos, días neutros… y todo eso forma parte del proceso.
Una imagen que suele ser más útil que reconstruirse es esta: no eres un edificio que se derrumbó, eres un sistema vivo que se adapta. Y adaptarse incluye: días en los que avanzas, días en los que solo sobrevives, y días en los que incluso retrocedes un poco.

Cougar


23 de març del 2026

Existencia inadvertida


https://renemerino.net/collections/todos-los-productos/products/copia-de-lamina-ser 

Había una vez una niña que aprendió demasiado pronto lo que significaba ocupar poco espacio.
En el patio del colegio, mientras el ruido de risas y carreras llenaba el aire, ella descubrió que siempre quedaba para el final. No porque no supiera jugar, ni porque no quisiera, sino porque nadie pensaba en ella primero. Era la última en ser elegida, la que esperaba con una sonrisa a medio hacer, intentando que no se notara demasiado que, por dentro, algo se rompía un poco más cada vez.
Llevaba ropa que había vivido otras vidas. Prendas que no contaban su historia, sino la de otras niñas que sí habían tenido su momento de brillar. Su pelo, cortado en casa con intención práctica y manos cansadas, nunca encontró forma ni estilo. Era, como ella, funcional… pero invisible.
Y así creció: creyendo que no destacaba en nada, que no era suficiente en nada. Ni la más guapa, ni la más lista, ni la más interesante. Solo la más fácil de ignorar.
Desde pequeña, en casa le asignaron un rol que no tenía cabida para su edad. No conoció la libertad de ser niña, de jugar sin preocupaciones, de recibir el cariño y la comprensión que todo ser humano necesita para crecer. Su infancia se desvaneció entre las expectativas de sus padres, entre las responsabilidades que no eran suyas.
Y el mundo siguió avanzando, como siempre hace, sin pedir permiso. Y ella aprendió a adaptarse.
Le robaron su intimidad, su derecho a decidir por sí misma, a elegir cuándo, cómo y con quién compartir su cuerpo y su alma. En lugar de decidir, se vio forzada, sin poder reclamar el espacio que le correspondía, sin poder abrazar su libertad de ser quien realmente era. Lo que debería haber sido un tiempo de crecimiento y exploración, se transformó en una prisión que marcó sus días y su existencia.
A ocupar relaciones que, como aquellos juegos del patio, tampoco la elegían primero. Relaciones donde daba más de lo que recibía, donde el amor parecía algo que había que ganarse a pulso, como si fuera un privilegio y no un derecho.
Pero en algún momento, casi sin darse cuenta, encontró un lugar distinto: el deporte.
Al principio fue extraño, incómodo, incluso doloroso. Era el mismo terreno donde antes había fallado, donde había sentido el peso de no encajar. Pero esta vez decidió quedarse. Esta vez no huyó.
Entrenó cuando nadie miraba. Lloró cuando nadie escuchaba. Se exigió hasta los huesos, buscando en cada repetición, en cada competición, una respuesta que nunca terminaba de llegar: ¿ahora sí soy suficiente? Hubo victorias, sí. Y esfuerzo. Muchísimo esfuerzo. Pero también hubo silencios incómodos, comentarios que volvían a señalar lo mismo de siempre: que no era lo bastante femenina, que no era lo bastante para esto y/o que no era lo bastante para aquello.
Y entonces entendió algo terrible y revelador al mismo tiempo: el problema nunca había sido el “bastante”. El problema era que siempre se estaba midiendo con una regla que no había elegido.
Pasaron los años, y con ellos llegó una lucidez que no trae paz inmediata, pero sí verdad. Se dio cuenta de que había sido dura consigo misma. Demasiado. Más de lo que nadie merecería. Que había crecido sin un suelo firme de cariño, sin un espejo que le devolviera una imagen amable. Y que, aun así, había seguido adelante.
Aun así, había sobrevivido a la invisibilidad. Aun así, había construido disciplina donde solo había dudas. Aun así, había encontrado orden dentro del caos de su mente. Aun así, había seguido respirando incluso cuando sentía que no había aire.
Y ahora, en ese punto extraño al que llaman madurez, el mundo le pedía algo nuevo: que soñara, que eligiera metas, que encontrara ilusión.
Pero ella se sentía vacía. Como un lienzo en blanco… sin pinceles. Sin colores. Sin manos que supieran por dónde empezar. Y, sin embargo, lo que nadie le había dicho —lo que nunca nadie se había parado a explicarle— es que los lienzos en blanco no son ausencia. Son posibilidad.
Porque esa niña que nunca fue elegida… aprendió a quedarse.
Porque esa adolescente que no encajaba… aprendió a resistir.
Porque esa mujer que hoy siente que no puede más… ya ha demostrado mil veces que sí puede.
 
Quizá no se trata de pintar una obra maestra ahora mismo.
Quizá ni siquiera se trata de saber qué pintar.
Quizá, por primera vez en su vida, se trata de no exigirse nada.
 
De sentarse frente al lienzo.
De respirar —aunque cueste—.
De aceptar que no tener fuerzas también es parte del camino.
 
Y cuando llegue el momento, porque llegará, no será un gran trazo el que cambie todo. Será algo pequeño. Un punto. Una línea temblorosa. Un gesto casi invisible.
Pero será suyo. Y por primera vez, no necesitará que nadie la elija. Porque, después de todo lo vivido, tal vez el mayor acto de valentía no era destacar… sino quedarse.

Cougar


16 de març del 2026

En busca de la esperanza perdida

                                               

https://www.francesctorralba.com › es › publicacio › anatomia-de-l-esperanca

Hace un par de semanas, viendo el telediario del mediodía, escuché cómo anunciaban el nuevo libro del profesor, filósofo y teólogo Francesc Torralba, "Anatomia de l'esperança"; libro ganador del Premi Josep Pla 2026.

Lo cierto es que hubo una palabra que se me quedó grabada en la mente: esperanza. Una palabra que significa mucho, que tiene poder. Una palabra que inspira positividad, fe en que todo puede ser posible. Una palabra fuerte, casi invencible.

Así que, casi sin pensarlo, fui directa al botón de comprar y, dos días después, ya tenía el libro en mis manos. No os voy a engañar, igual que el título me encandiló, —como las sirenas a los navegantes—, cuando vi el número de páginas que tenía me sentí un poco desilusionada. Es cierto que se trata de un ensayo, pero tuve el presentimiento que me iba a saber a poco. Al final, me bastaron apenas dos días para leerlo. Y, varias semanas después de haberlo terminado, sigo sintiéndome enamorada de este libro.

En primer lugar, por la forma en que el autor describe los sentimientos de manera clara y cercana. Utiliza frases cortas para explicar conceptos que forman parte del lenguaje de la esperanza, logrando que todo resulte comprensible. Pero, sobre todo, por cómo describe los estados de ánimo y las emociones que menciona, hasta el punto de que uno acaba sintiéndolos propios, como si fueran una segunda piel con la que vestirse cada día.

Anatomía de la esperanza no es solo un ensayo sobre una palabra hermosa; es una invitación a mirar la vida con más profundidad y a recordar que, incluso en tiempos inciertos, la esperanza sigue siendo una fuerza capaz de sostenernos.

En segundo lugar, porque nos hace reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿de dónde nace la esperanza y cómo podemos mantenerla cuando la vida se vuelve difícil?

El libro analiza la esperanza como una fuerza humana esencial que permite seguir adelante incluso cuando todo parece perdido. El escritor, Francesc Torralba, intenta comprender por qué algunas personas se levantan después de caer y otras quedan atrapadas en el desencanto. Para ello, combina filosofía, literatura, espiritualidad y experiencias humanas.

La esperanza, para el autor, no es ingenuidad ni optimismo superficial; tampoco no consiste en pensar que todo saldrá bien. Para él, la esperanza es una actitud activa, una confianza en el futuro; una energía interior que nos impulsa a seguir viviendo. La esperanza es más cercana a una forma de resistencia interior que a un simple deseo.

El libro presenta la esperanza como una batalla constante contra el desencanto, el miedo y la desesperación. En definitiva, una lucha contra el desaliento. Todos los seres humanos atravesamos momentos de: fracaso, pérdida, incertidumbre, dolor, … Entonces es cuando la esperanza aparece, precisamente cuando la realidad es difícil, no cuando todo funciona bien.

El escritor profundiza en cómo nace la esperanza, identificando varios lugares donde se alimenta la esperanza: en las relaciones humanas (amor, amistad, cuidado), en el sentido de la vida o la búsqueda de significado, en la espiritualidad o la fe, para quienes la tienen; en la cultura y la palabra (literatura, pensamiento, memoria). Es decir, la esperanza no aparece sola, si no que se cultiva.

Una idea importante del libro es que esperar no significa pasividad. Esperar no es quedarse quieto. El escritor describe la esperanza como una espera activa, una forma de vivir mirando hacia el futuro, pero actuando en el presente. Esperar implica: paciencia, humildad, aceptar que no controlamos todo, seguir caminando aun sin garantías.

El autor también tiene presente la esperanza en tiempos de incertidumbre. Señala que vivimos en una época marcada por: crisis, incertidumbre, cambios rápidos, … Por eso considera que la esperanza es hoy más necesaria que nunca. No como consuelo fácil, sino como la virtud que permite orientarse en medio de la oscuridad.

            Y, en tercer lugar, porque nos enseña que la esperanza aparece cuando más falta hace, no cuando todo va bien. Ésta nace precisamente en los momentos de oscuridad, pérdida o incertidumbre. Es como una pequeña luz que aparece cuando el camino se vuelve difícil. Porque esperar es seguir creyendo en la vida, incluso después de decepciones o heridas, la esperanza es la capacidad de volver a confiar. Es ese impulso interior que dice: la vida todavía puede ofrecer algo bueno. Porque las personas alimentan nuestra esperanza. Muchas veces no recuperamos la esperanza por ideas o teorías, sino por la presencia de otras personas: alguien que nos escucha, alguien que nos acompaña, alguien que cree en nosotros.

La esperanza se contagia, abre el futuro. Cuando una persona pierde la esperanza, el futuro se vuelve cerrado, pesado. La esperanza, en cambio, abre posibilidades, hace que el mañana vuelva a tener sentido. La esperanza es una forma de valentía. Esperar no es debilidad; esperar es atreverse a vivir sin tener todas las respuestas. Es aceptar la incertidumbre sin dejar que nos paralice.

Finalmente, hay que recordar que la esperanza necesita sentido. Cuando una persona encuentra un sentido para vivir, incluso el sufrimiento se vuelve más soportable. Pero la esperanza también es una decisión. No siempre nace espontáneamente, muchas veces elegimos esperar, incluso en medio de la incertidumbre. De la misma forma, la esperanza necesita silencio y reflexión. En una sociedad acelerada, la esperanza también requiere tiempo interior para pensar, sentir y comprender la vida. Y, por último, la esperanza es una forma de valentía. Esperar cuando todo es fácil no tiene mérito; esperar cuando todo parece oscuro es un acto de coraje.

Este libro me ha aportado luz, fuerza y, como no, esperanza, para este presente que vivo con angustia y depresión. Así que os animo a tod@s a leerlo y a ser valientes para vivir la vida con esperanza.

Cougar

10 de març del 2026

Soledad deseada у soledad impuesta: una mirada desde la salud mental

Balneario abandonado de la Puda de Montserrat


La soledad no es, en sí misma, un problema de salud mental. Es una experiencia humana básica.

Lo que marca la diferencia no es estar solo, sino cómo se vive esa experiencia. Desde la psicología contemporánea, distinguir entre soledad deseada y soledad impuesta resulta fundamental para comprender su impacto emocional.

La soledad deseada es una elección consciente de retiro temporal. Implica autonomía, autorregulación y búsqueda de equilibrio interno. Puede favorecer la creatividad, la reflexión y la recuperación emocional. Espacios voluntarios de silencio у desconexión estimulan la consolidación de la identidad y fortalecen la capacidad de autorreflexión. En términos clínicos, cuando la persona mantiene vínculos significativos у decide apartarse momentáneamente, la soledad funciona como un recurso protector, no como un factor de riesgo.

En cambio, la soledad impuesta se caracteriza por la percepción de aislamiento no elegido. No depende necesariamente de la cantidad de interacciones sociales, sino de la calidad y del sentido de pertenencia. Una persona puede estar rodeada de gente y sentirse profundamente sola.

Desde la salud mental, esta vivencia sostenida se asocia con mayor vulnerabilidad a la ansiedad, la depresión, la baja autoestima y el estrés crónico. El problema no es el silencio, sino la sensación de desconexión y carencia afectiva. La diferencia central entre ambas radica en dos variables psicológicas: la elección y el significado.

Cuando la soledad es elegida, se interpreta como descanso o crecimiento. Cuando es impuesta, suele vivirse como rechazo o abandono. Esa interpretación modula la respuesta emocional y fisiológica del individuo.

No obstante, la frontera no es rígida. Una etapa de soledad impuesta (como tras una ruptura o una pérdida) puede transformarse en un espacio de reconstrucción personal si se acompaña de apoyo social, psicoterapia o recursos de afrontamiento saludables. Del mismo modo, una búsqueda excesiva de aislamiento voluntario puede convertirse en evitación emocional si se utiliza para escapar de conflictos no resueltos.

Desde una perspectiva de cuidado psicológico, el objetivo no es eliminar la soledad, sino aprender a regularla. Esto implica; identificar si el aislamiento es elección o consecuencia, mantener al menos un vínculo significativo; practicar habilidades de comunicación emocional y buscar ayuda profesional cuando la sensación de vacío es persistente.

La salud mental no exige compañía constante, pero sí conexión significativa. Estar solo puede ser un acto de autocuidado; sentirse solo, de manera prolongada, puede convertirse en una señal de alerta. Comprender esa diferencia permite transformar la soledad en un espacio de crecimiento y no en un lugar de sufrimiento silencioso.

Cougar

9 de març del 2026

El reto de la maternidad con TEA y depresión mayor


https://www.google.com/search?q=la+depresion+es+una+enfermedad+de+salud+mental&sca

¿Pueden las mujeres con salud mental ser madres?

¿A qué retos y barreras se enfrentan las que deciden serlo?

Todas las mujeres, cuando deciden ser madres, se preguntan en algún momento ¿seré buena madre? ¿Mis hijos serán felices? Pero sobre las mujeres con problemas de salud mental recae el estigma con mayúsculas, esa etiqueta que impacta doblemente sobre ellas por el hecho de ser mujer y tener un problema de salud mental.

Y es que estas mujeres, por su problema de salud, se enfrentan a múltiples barreras: incapacitaciones, esterilizaciones forzosas, aborto (en contra de sus deseos), pérdida de la custodia de sus hijos, miedo a que el embarazo desencadene una depresión o a que el trastorno mental sea hereditario o incluso rechazo por parte de los profesionales de salud mental a que las mujeres dejen la medicación para quedarse embarazadas o recuperar la libido.

Además, el hecho de tener un trastorno mental suele conllevar, por ejemplo, la denegación del certificado de idoneidad para adoptar. En resumen: las mujeres ven continuamente vulnerados sus derechos tanto a ser madre como a decidir sobre sus propios cuerpos. (1)

“Cuando se tiene un problema de salud mental la gente piensa que lo mejor es que no estén nuestros hijos cerca, que somos perjudiciales para ellos”

Un problema de salud mental ni te define ni tiene nada que ver con ser buena o mala madre.

Bajo mi propia vivencia siendo una persona con TEA y depresión mayor recurrente no es fácil ser madre, aún recuerdo con veintiséis años en una de mis múltiples terapias, una psicóloga, me aconsejó directamente que no tuviera más de un hijo cosa que no cumplí (he tenido tres y con tratamientos). Algunas veces y en mis bajones siento un gran sentimiento de culpa, ¿tal vez tenía que haberle hecho caso? ¿Soy buena madre?

Ya mis hijos son mayores y mi sentimiento de culpabilidad prevalece aún y más aún cuando uno de mis hijos que sepamos también en TEA igual que yo y sufre muchísimo.

Como he dicho ser madre con enfermedad mental en este caso TEA y depresión mayor es todo un reto tanto social como personal que intento y en ocasiones lo consigo vencer los estigmas y mis dificultades.

Desde la perspectiva del paso del tiempo y según siempre digo bajo mi experiencia personal, la maternidad me ha aportado fuerza, lucha y motivación para seguir en este mundo en el cual no me siento identificada.

Mis hijos ya son mayores y se están desarrollando social y personalmente como otras personas, como a he dicho también son TEA y ha sufrido uno depresiones.

Han vivido y viven mi enfermedad con dificultades, en ocasiones no la comprenden, pero no les culpo, ni yo misma la entiendo en muchas ocasiones. Lo que peor han vivido son mis ingresos y mis ausencias en épocas de su edad en la cual era crucial la presencia de una madre, (aquí es donde me siento culpable) pero me siento muy orgullosa de mi papel de madre creo y estoy firmemente convencida que lo he hecho lo mejor que cualquier madre sabría y sé que podemos ser buenas madres con nuestras dificultades y podemos con ayuda desarrollar nuestra maternidad con libertad y conciencia.

(1) https://www.consaludmental.org/publicaciones/EncuentroN12018.pdf

Anuska


9 de febrer del 2026

El diario de Bitácora


Foto extraida de: https://pixers.es/fotomurales/tulipanes-campo-con-mariposas-39105621
 
No es tan fácil, aprender a vivir después de sobrevivir, años atrás, no tenía calidad de vida, no es que me estuviera muriendo, simplemente eran crisis epilépticas pero tampoco la estaba viviendo, era caótico vivir entre dos mundos, el consciente y el inconsciente porque este mundo, no puede ser tan inconstante, lo que para hoy, ya es pasado y mañana se habrá olvidado. No somos capaces de ver la realidad, afrontar el presente pero sí un futuro incierto de medias verdades, aceptar las mentiras, ensombrecidas de la cobardía con el tiempo del baúl de los recuerdos guardados que no nos pertenecen de lo vivido. Que nadie os quite vuestra esencia, porque somos auténticos. Sí, he trabajado en muchos sitios, es más, realmente no me acuerdo de todos, pero el estigma de la enfermedad sólo lo sufrí a la hora de trabajar, realmente no fui consciente en esas situaciones, pero para mí se convertían en un reto. Hay momentos que os habéis perdido en vuestro interior, no os mintáis, escucharos, no quiero que caigas en el error, aquí nos embarcamos en mi viaje, año 2026, ha llegado el fin del principio, de mis incoherencias, absurdas e impuestas por la moral de modas y estéticas, de sociedades que se confunden por la ética impuesta, “para y por humanos”, sin entender el poder, de dar, quitar y juzgar sin causa, con un tono de un plan maquiavélico pero yo no soy quién o más bien, una conocida por conocer y (razonar).

¡Tú decides! Bastante tengo yo con lo mío. A los quince me diagnosticaron epilepsia, y desperté en el hospital, no entendía nada, los médicos, las pruebas, medicación, durante un tiempo las crisis eran en el sueño y no me enteraba de nada, y la enfermedad fue cogiendo sus apellidos (luces, entumecimiento, descargas eléctricas) y cambiaron los años, las crisis, los neurólogos, las pruebas, la medicación. Pero nada servía y esta vez la enfermedad no me dejaba tiempo libre, llegaron a decir que no era ella, que tal vez era ansiedad pero yo me conocía, ella era inconstante, a veces lo peor de una enfermedad no es el apellido sino la medicación y adaptarse a ella y convivir, que no te gane, los efectos secundarios es lo más difícil. En bachillerato tuve que dejar de estudiar, en las primeras crisis, más tarde empecé a trabajar mientras que no tienes crisis eres libre. Que no te gane la partida, ya tendrás tiempo para recuperarte, cuando la batalla la iba ganando yo me puse a trabajar, esas son las veces donde realmente lo pasas mal. Es injusto e ilógico que te digan no trabajas porque estas enferma cuando no es así, un ciego no ve, un sordo no oye, son discapacidades invisibles pero no están enfermos. No son enfermedades físicas. La epilepsia es distinta, es verlo o no creerlo. Es una mezcla de lo físico y la psique, si queréis llamarlo así cuando me cogieron o me echaron para trabajar viéndolo ahora me siento que lo que no mata engorda y el que no lo entiende tonto él. Supongo que el tiempo endurece, pero en aquella época las cosas eran así. Que nada ni nadie os quite vuestra esencia, porque somos auténticos, si en algún momento os habéis perdido en vuestro interior, no os mintáis, escucharos, dejaros ayudar, explicarlo por más que le deis vueltas, acumulareis ansiedad, pero hay que coger el toro por los cuernos. El miedo fantasma desaparecerá, no sé qué va a pasar en este mundo y menos en mi vida. Yo, no busco culpables, es más bien estar en paz con la vida y aceptar lo que hay. Vivir tranquila y estar en paz. Con el tiempo aprendes y te transformas como las mariposas y el vino viejo.

Cibeles