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Tras mi ingreso durante seis semanas en el
Hospital de Día de Mataró, hubo una conversación grupal con la psicóloga del
equipo que quedó profundamente grabada en mi memoria. En ella se abordó el
origen multifactorial de los problemas de salud mental: la existencia de una
posible predisposición biológica, derivada de antecedentes familiares; la
influencia de vivencias traumáticas; y la aparición de un desencadenante
puntual capaz de desestabilizar el equilibrio emocional de una persona. Sin
embargo, uno de los puntos más reveladores fue comprender que el factor
genético, por sí solo, no determina la aparición de una enfermedad mental, sino
que requiere la interacción con otros factores de riesgo.
Han
pasado ya varios meses desde mi alta, y esta idea sigue resonando en mi mente.
Mi historia personal encaja, en muchos aspectos, con ese modelo explicativo.
Tanto mi padre como mi madre arrastraban sus propias cargas emocionales y
psicológicas cuando se conocieron. Su relación inicial, marcada por un embarazo
fuera del matrimonio y las circunstancias sociales de la época, derivó en un
matrimonio precipitado y en la llegada de tres hijos no planificados, criados
en un entorno que distaba mucho de ser el ideal.
Con
el paso del tiempo, he reflexionado sobre lo que debería ser la infancia: un
espacio de juego, aprendizaje, afecto y desarrollo en un ambiente seguro y
respetuoso. Sin embargo, mi experiencia estuvo marcada por dinámicas familiares
complejas, silencios y patrones de conducta que nunca llegué a comprender del
todo. La salud mental, en mi entorno familiar, era un tema tabú. Nunca supe con
certeza qué diagnósticos tenían mis padres, pero sí crecí percibiendo que algo
no encajaba.
Desde muy joven, desarrollé un miedo
persistente: el temor a “ser como mi madre”. Cada emoción intensa, cada momento
de tristeza sin causa aparente o cada reacción que yo misma consideraba
desproporcionada reforzaba esa idea. En mi mente, la palabra que lo resumía
todo era “locura”, cargada de estigma y desconocimiento.
Hoy,
con la perspectiva que me da el tratamiento psicológico y psiquiátrico, los
diferentes ingresos en el Hospital de Mataró, así como mi propio proceso de
introspección, empiezo a comprender que mi sufrimiento no se explica únicamente
desde una herencia biológica. Más bien, responde a una construcción mental
forjada a lo largo de años de autoexigencia extrema, rigidez emocional y
necesidad constante de demostrar mi valía –a mí misma— y como escudo ante las
luchas internas familiares.
He
identificado cómo muchos aspectos de mi vida —mi trabajo, mi trayectoria
deportiva, mis relaciones personales— comparten un denominador común: la lucha
constante. Una lucha por ser suficiente, por resistir, por superar límites
físicos y emocionales. Durante años, confundí esa lucha con fortaleza, sin
darme cuenta de que también era una forma de exigencia autoimpuesta que me
llevaba, progresivamente, al agotamiento.
El
punto de inflexión llegó cuando esa estructura interna, sostenida durante tanto
tiempo, colapsó. La caída fue abrupta, como un descenso sin protección, en el
que afloraron todas las heridas acumuladas. En ese momento, comprendí que la
recuperación no pasaba por seguir luchando, sino por algo mucho más complejo:
detenerme, observarme y empezar a reconstruirme desde la paciencia, la
compasión y el tiempo.
Mirar
hacia atrás implica reconocer cada una de las batallas libradas. También supone
aceptar que muchas de ellas nunca debieron ser peleadas. La sensación de haber
dado todo y, aun así, cuestionar si alguna vez se ganó algo, forma parte de ese
proceso de revisión interna.
Hoy,
el aprendizaje más importante es entender que la paz no se conquista a través
de la lucha constante. Llega, en cambio, cuando se guarda el hacha de guerra,
cuando se renuncia a la exigencia desmedida y se empieza a construir una
relación más amable con uno mismo. Ese es, quizás, el verdadero inicio de la
recuperación.
Este domingo, 3 de mayo, es el Día de la
Madre. Y por ello, algo dentro de mí se ha removido. Cuando era pequeña siempre
había dicho que yo nunca sería madre. Y, de hecho, ya con la madurez, e imagino
que sumando experiencias íntimas no del todo favorables, me mantuve firme con
esa idea. Aunque tampoco era un tema que me venía a la cabeza con frecuencia;
simplemente estaba ahí, en silencio, como una decisión asumida.
Y
quién lo iba a decir, ya con unos años más de los que quisiera, miro hacia
atrás y observo como la vida no me ha llevado a ese camino. Y justamente con
esos años de más que no quisiera tener, reconozco que tengo una pequeña grieta
en mi corazón: ya no podré ser madre.
Ya
no podré sentir como se gesta en mi interior una vida. Un ser al que hubiera
querido de la forma que a mí nunca me quisieron. Le habría dado un hogar como
el que yo nunca tuve. Pero, sobre todo, le hubiera inculcado, día a día, que
llegaría tan lejos como él o ella se propusiera. Porque no habría límites que
no podría alcanzar.
Y
mi mano, mi mente y mi corazón habrían estado en cada uno de sus éxitos, pero
sobre todo habrían estado en sus caídas. Y justo en esos momentos, en los que él/ella
se hubiera sentido más débil, abatido/a o triste, hubiera tenido un abrazo
cálido, unas palabras reconfortantes. Y le hubiera recordado que el verdadero valor
está en intentar perseguir los sueños. Que, con cada caída, uno/a se levanta
con más fuerza, valentía y honor. Hasta conseguir todo lo que un día soñó.
Os
mentiría si no os contara que me hubiera gustado que fuera niña... para poner
mi granito de arena y construir esa versión de la niña que tuve que ser y que
se quedó a medio camino por miedo. Miedo al fracaso, a la soledad, a la
angustia, a la frustración... a dar la razón y sentido a la frase que me
repetían una y otra vez en casa: “siempre serás una inútil”.
Así
que, con la proximidad del Día de la Madre, solamente me queda pensar en que si
hubiera llegado Clara a mi vida (ese sería el nombre que le habría puesto),
tendría hoy esa ancla que me sujeta fuerte y con firmeza a tierra, a buen
puerto. Pero en cambio, ahora mismo siento como un trozo de mi corazón y de mi
alma se han perdido, junto con ella.
Junto
con mi pequeña Clara.
Cougar