http://www.72kilos.com/
11 de maig del 2026
La sombra negra: memoria, culpa y la imposibilidad de confiar en una misma
7 de maig del 2026
El pensamiento como refugio
https://renemerino.net/
6 de maig del 2026
Culpa y Curación. Entre el Miedo y la Libertad.
https://renemerino.net/
5 de maig del 2026
Mente, energía y conciencia en un Ecosistema Mágico
https://magicinternacional.com/
El pasado 1, 2 y 3 de mayo, en un rincón vibrante de Barcelona junto al mar, se ha celebrado la 45ª edición de Magic Internacional. El lugar —el World Trade Center—se ha convertido durante tres jornadas en algo más que un recinto ferial: se ha metamorfoseado en un punto de encuentro entre la curiosidad, la búsqueda personal y las múltiples formas en que los seres humanos intentan comprenderse a sí mismos.
Al cruzar sus puertas, uno no entra simplemente en una feria, sino en un mosaico de creencias, prácticas y lenguajes simbólicos. Los pasillos están llenos de estímulos: mesas donde se leen cartas del tarot, espacios dedicados a la numerología o la astrología, terapeutas que ofrecen sesiones de reiki o sonido, y puestos repletos de minerales, libros y objetos cargados de significado. Todo convive en una especie de ecosistema donde lo espiritual, lo psicológico y lo intuitivo se entremezclan sin fronteras claras.
Hay algo profundamente humano en ese ambiente. Más allá de la estética esotérica, lo que realmente se percibe es una necesidad compartida: la de entender qué nos pasa, por qué somos como somos, y cómo podríamos vivir con más sentido o menos sufrimiento. En ese contexto, las conferencias y talleres funcionan como pequeñas ventanas a distintas interpretaciones del mundo. Algunas hablan de experiencias cercanas a la muerte, otras de tradiciones antiguas como la cábala, y muchas giran en torno al crecimiento personal, los bloqueos emocionales y los patrones que repetimos.
Entre todas esas propuestas, hay conceptos que resuenan con especial fuerza cuando uno está atravesando un momento delicado. Y precisamente fue éste el que me llegó con más fuerza y clarividencia: el Eneagrama. El Eneagrama aparece como una de esas herramientas que prometen ordenar el caos interior. No se presenta tanto como una ciencia, sino como un mapa: una forma de clasificar tipos de personalidad y, sobre todo, de entender cómo se construyen.
La idea de fondo resulta sugerente. Se plantea que, al nacer, entramos en el mundo con una sensibilidad abierta, especialmente marcada por el vínculo materno o el entorno inmediato. En esa primera etapa se configuran sensaciones básicas de seguridad o carencia. Después, en un intento por adaptarnos, desarrollamos una personalidad: una especie de estrategia para encajar, para ser aceptados o para protegernos. Con el tiempo, esa personalidad se consolida y se convierte en carácter, en patrones automáticos que repetimos sin darnos cuenta.
Lo interesante no es tanto si este modelo es exacto o no —porque no pertenece al ámbito de la psicología científica—, sino lo que despierta en quien lo escucha. Porque, en el fondo, funciona como un espejo simbólico. Invita a preguntarse: ¿qué partes de mí son aprendidas? ¿Qué reacciones repito? ¿De dónde vienen mis miedos o mis formas de relacionarme?
Cuando alguien atraviesa dificultades en su salud mental, estas preguntas adquieren un peso especial. La mente busca explicaciones, intenta ordenar lo que duele, encontrar patrones que den sentido a lo que parece caótico. En ese estado, un entorno como Magic Internacional puede resultar especialmente impactante. No tanto por las respuestas que ofrece, sino por la cantidad de caminos que sugiere.
Sin embargo, ahí también aparece una frontera delicada. Porque no todo lo que se presenta como explicación tiene el mismo valor. Algunas ideas pueden servir como herramientas de reflexión, como lenguajes que ayudan a nombrar experiencias internas. Otras, en cambio, pueden confundir o generar expectativas poco realistas. Por eso, el verdadero reto no está en aceptar o rechazar lo que se encuentra en estos espacios, sino en saber integrarlo con criterio.
Y eso no es debilidad: es búsqueda de coherencia interna. Pero también hay que tener en cuenta, siendo honestos con uno mismo, que este tipo de ferias pueden abrir preguntas, pero no sustituyen un acompañamiento psicológico real.
Quizá el valor más honesto de una experiencia así no está en encontrar verdades definitivas, sino en activar la curiosidad. En abrir preguntas que luego puedan explorarse de manera más sólida, más acompañada, más consciente. En ese sentido, lo que queda después de la feria no son tanto las respuestas, sino la sensación de haber tocado algo propio.
Algo que, de alguna manera, ya estaba ahí antes de entrar.
Cougar
4 de maig del 2026
Discapacidad y sentimientos.
1 de maig del 2026
Salud Mental y su ADN Antropológico
https://www.eleconomista.es/opinion/noticias/12619931/01/24/el-impacto-economico-de-no-cuidar-de-la-salud-mental-en-las-empresas-.html
28 d’abril del 2026
SRC Burriac: donde florecen rosas y vencemos dragones
27 d’abril del 2026
Día de la Madre: Historias de una Madre No Encontrada y una Mujer No Vivida.
https://www.elnacional.cat/ca/estil-vida/dia-mare-frases-originals-imatges-whatsapp_1019880_102.html
21 d’abril del 2026
El poder de la magia en nuestro día a día y su impacto en las personas con enfermedad mental
https://www.facebook.com/serenitytj/posts/hoy-es-el-d%C3%ADa-mundial-de-la-salud-mental-un-d%C3%ADa-tambi%C3%A9n-para-concientizarnos-sab/826115489518847/
20 d’abril del 2026
Sant Jordi entre rosas, libros y silencios: una vivencia desde la agorafobia
https://mail.google.com/mail/u/0?ui=2&ik=5ee4de04bf&attid=0.1&permmsgid=msg-f:1862837396809064679&th=19da20be1f1e20e7&view=att&zw&disp=safe
Si
existe un día que define la esencia colectiva de quienes vivimos en Catalunya,
ese es, sin duda, el Día de Sant Jordi. Cada 23 de abril, las calles
—especialmente en Barcelona— se transforman en un escenario vibrante donde las
rosas, los libros y las historias compartidas se entrelazan. Donde todos los
pueblos se visten de rosas y libros, de dragones imaginarios y de princesas y
caballeros. Es una celebración que trasciende lo cultural para convertirse en
una expresión de identidad, afecto y tradición. Es un gesto compartido, una
forma de decirse cosas sin palabras.
Las avenidas se
llenan de vida: puestos de libros que invitan a perderse entre páginas, rosas
que perfuman el aire y personas que pasean con las manos ocupadas y el corazón
ligero. La magia de Sant Jordi reside precisamente en ese intercambio simbólico
—regalar y recibir—, un gesto sencillo que encierra múltiples significados.
Sin embargo, esta
imagen embriagadora de edificios ornamentados de rosas, calles llenas de
libros, y gente que viene y va, con manos llenas de rosas y libros, contrasta
profundamente con mi experiencia actual. Este será mi segundo Sant Jordi lejos
de todo eso, solamente acompañada por las rosas de mi jardín y el libro que,
fiel a la tradición familiar, seguimos regalándonos cada año. Y aunque ese
gesto mantiene viva una pequeña parte de la celebración, no logra llenar el
vacío que deja la ausencia de todo lo demás.
Porque Sant Jordi también
era perderme entre la multitud, descubrir títulos nuevos, cruzarme con
escritores, conseguir firmas, dejarme llevar por el bullicio... Es un día en el
que al final de la jornada, una acaba con las piernas agotadas y la mente
repleta de imágenes preciosas: de gente paseando, mostrando su afecto y/o amor
regalándose libros y rosas. Una experiencia total.
Además, como la
vida misma que está en constante cambio y en movimiento, de la variante del
libro y la clásica rosa, los artesanos y visionarios reinventan la mejor
versión y visten las calles de arte floral y páginas escritas y por escribir. Era,
en definitiva, una experiencia total.
Hoy, esa misma
intensidad es un límite.
La
agorafobia ha irrumpido en mi vida convirtiendo espacios cotidianos en
escenarios hostiles. No es un miedo irracional ni una predisposición mental: es
una respuesta compleja que involucra al cuerpo y a la mente por igual. Lugares
concurridos, ruidosos, cerrados —calles abarrotadas, transporte público,
supermercados— comparten un denominador común: demasiados estímulos a la vez.
Lejos de ser un
simple miedo irracional o una predisposición mental, se manifiesta como una
respuesta profunda y compleja que involucra tanto al cuerpo como a la mente.
Lugares concurridos, ruidosos o cerrados —calles abarrotadas, transporte
público, supermercados— comparten un denominador común: la presencia simultánea
de estímulos que mi sistema ya no logra procesar con normalidad.
Lo que antes era
estímulo, ahora es saturación. Lo que antes me llenaba, ahora me desborda.
En esos contextos,
mi cuerpo reacciona como si estuviera ante una amenaza real. Siento una presión
creciente en el pecho, un calor que recorre el cuerpo, un bloqueo mental que
desemboca en mareo y visión borrosa. No es una elección, ni una exageración, ni
una construcción consciente. Es un mecanismo automático, un interruptor que se
activa sin previo aviso y me obliga a retirarme.
La agorafobia no
consiste únicamente en el miedo a salir, como a menudo se simplifica. Es, más
bien, el miedo a no poder escapar, a perder el control en un entorno donde todo
se percibe como excesivo. Es una relación alterada con el espacio, el ruido, la
densidad humana. Y, sobre todo, es una experiencia profundamente limitante que
reconfigura la vida entera.
Por parte de
ciertos profesionales de la salud se nos suele decir —aunque no haya sido mi
caso directo— que “todo está en la cabeza” o que anticipar el malestar lo
provoca. Pero estas afirmaciones reducen una realidad compleja a una
explicación simplista, cómoda. Yo no salgo predispuesta al sufrimiento; salgo
con la intención de recuperar una normalidad que, poco a poco, se ha ido
fragmentando, rompiendo.
Y hay pérdidas que
pesan.
He dejado de
escuchar música, una de mis formas más íntimas de expresión. Las canciones ya
no son refugio, sino detonantes de recuerdos y sensaciones que mi cuerpo no
sabe gestionar. Momentos que antes evocaban belleza ahora generan incomodidad. Como
si parte de mi mundo sensorial hubiera quedado suspendido.
Aun así, existe un
esfuerzo constante por reconstruir espacios de seguridad. Pequeñas salidas, en
horarios tranquilos, con recorridos controlados. Intentos de reaprender lo
cotidiano. No es un proceso lineal ni fácil, pero es el camino.
En este contexto,
la imposibilidad de vivir Sant Jordi como antes no es solo una anécdota: es un
símbolo. Representa todo aquello que la agorafobia ha ido restringiendo. Y, al
mismo tiempo, pone en evidencia la distancia entre lo que fui y lo que soy ahora.
Puede que me quede
el consuelo, aunque siendo sincera conmigo misma y con todos los lectores del
blog, no me da consuelo alguno, este año he participado en los diferentes
talleres de manualidades de Sant Jordi en el SRC Burriac. Así que el próximo
jueves 23 de abril, compañeros del centro estarán en una parada en la plaça del
antiguo ayuntamiento de Premià de Mar, vendiendo las diferentes manualidades
que hemos hecho. Cuyo importe recolectado irá destinado a una Asociación sin
ánimo de lucro.
Es un gesto
valioso, sin duda, pero insuficiente para sustituir la experiencia vivida en
las calles. Porque hay vivencias que no pueden replicarse en ausencia de su
contexto.
A pesar de todo,
Sant Jordi sigue siendo un día significativo. Ahora lo habito desde otro lugar:
más silencioso, más introspectivo, más limitado. Pero no por ello vacío de
sentido.
Tal vez en ese
silencio también se esté gestando otra forma de vivir, de sentir y de narrar.
Por eso, a quienes
puedan salir, pasear, oler las rosas y perderse entre libros, les deseo que lo
vivan plenamente, de la forma más alegremente, coloridamente y literariamente
posible. Que abracen esa vitalidad que llena las calles y que, por ahora,
algunos solo podemos recordar.
Feliz Sant Jordi a
tod@s! 🌹
Cougar
14 d’abril del 2026
Proceso Continuo
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Llevo un año y cinco meses de baja. Todo empezó a raíz de dos crisis de ansiedad fuertes en el trabajo, en el transcurso de dos años. Ahora soy consciente de que, durante todo ese tiempo, mi cuerpo ya me estaba enviando señales de que algo no iba bien. Tal vez, si hubiera sabido identificarlas antes, no habría llegado al punto en el que me encuentro hoy. Pero la vida sigue su curso y, cuando estás acostumbrada a luchar ante las adversidades, simplemente sigues adelante sin escuchar a tu ser interior.
Durante este período de baja me han recetado diferentes medicamentos para ayudar a mi cuerpo, pero sobre todo a mi mente, a recuperar el equilibrio.
Tengo que reconocer que algunos facultativos han velado por mi bienestar y por ayudarme a ser una mejor versión de la persona que era antes de esos episodios. Me están acompañando en este proceso como lo haría un ser querido: con calidez, cercanía, estima y comprensión. Sin embargo, también existe la otra cara de la moneda. Hay quienes me han hecho sentir que no soy una persona, sino un nombre en una lista, un número más, una paciente a la que hay que tachar dentro de una jornada laboral. Como si fueran meros gestores administrativos que tramitan datos, sin espacio para la empatía, la escucha activa o la sensibilidad.
Hoy escribo esto porque siento que la medicación cada vez me está nublando más la memoria. Y no hablo solo de quedarme en blanco a mitad de una conversación o de entrar en un supermercado a comprar un bote de mantequilla y, al cruzar la puerta, no recordar qué hacía allí. Hablo de algo más profundo: de cómo los rasgos que antes me definían están desapareciendo poco a poco. Y eso me genera aún más frustración y ansiedad. Porque esa agilidad mental, esa vitalidad intelectual, se va desdibujando con el paso de los días.
Aquellos pequeños actos cotidianos que antes daban sentido a mis días —escuchar música, leer, pintar, caminar por la montaña—, y que aportaban color incluso en los momentos más grises, ahora se han convertido en una fuente de inquietud. Me generan ansiedad porque conservo el recuerdo de lo que me hacían sentir, y el hecho de no poder experimentarlos ahora, ni física ni mentalmente, despierta en mí una constante sensación de querer y no poder.
La realidad es que, hoy en día, solo encuentro paz y tranquilidad en casa, en mi sofá, en posición fetal y en la oscuridad. No quiero escuchar voces ni ruidos. La luz me molesta, me hiere los ojos y la cabeza. Tampoco quiero hablar. Solo necesito estar quieta, en silencio, en soledad, alejada del movimiento constante del mundo.
Ni amigos, ni pareja, ni familia… cualquier mensaje suyo irrumpe en ese estado de silencio que tanto necesito, y me incomoda. Y por todo ello, porque lo único que anhelo es sentir paz, me siento profundamente agotada. Agotada de años de lucha y de exigencia. De seguir adelante con una sonrisa, cumpliendo, siendo perfecta según una mente marcada por la disciplina, la rectitud y el compromiso. Cansada también de haber llenado mi vida de proyectos y actividades para mantener mi mente ocupada, para no mirar de frente todo aquello que guardo en un baúl de recuerdos oscuros en lo más profundo de mi subconsciente.
La vida, sin embargo, sigue avanzando. Y yo sigo aquí, transitando en este proceso, a veces con angustia, pero confiando en que algún día pueda volver a encontrar una forma de paz que no duela, que no pese, que simplemente sea. Solamente anhelo que llegue el día en que pueda descansar en una paz infinita y eterna.
Cougar