20 d’abril del 2026

Sant Jordi entre rosas, libros y silencios: una vivencia desde la agorafobia

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Si existe un día que define la esencia colectiva de quienes vivimos en Catalunya, ese es, sin duda, el Día de Sant Jordi. Cada 23 de abril, las calles —especialmente en Barcelona— se transforman en un escenario vibrante donde las rosas, los libros y las historias compartidas se entrelazan. Donde todos los pueblos se visten de rosas y libros, de dragones imaginarios y de princesas y caballeros. Es una celebración que trasciende lo cultural para convertirse en una expresión de identidad, afecto y tradición. Es un gesto compartido, una forma de decirse cosas sin palabras.

Las avenidas se llenan de vida: puestos de libros que invitan a perderse entre páginas, rosas que perfuman el aire y personas que pasean con las manos ocupadas y el corazón ligero. La magia de Sant Jordi reside precisamente en ese intercambio simbólico —regalar y recibir—, un gesto sencillo que encierra múltiples significados.

Sin embargo, esta imagen embriagadora de edificios ornamentados de rosas, calles llenas de libros, y gente que viene y va, con manos llenas de rosas y libros, contrasta profundamente con mi experiencia actual. Este será mi segundo Sant Jordi lejos de todo eso, solamente acompañada por las rosas de mi jardín y el libro que, fiel a la tradición familiar, seguimos regalándonos cada año. Y aunque ese gesto mantiene viva una pequeña parte de la celebración, no logra llenar el vacío que deja la ausencia de todo lo demás.

Porque Sant Jordi también era perderme entre la multitud, descubrir títulos nuevos, cruzarme con escritores, conseguir firmas, dejarme llevar por el bullicio... Es un día en el que al final de la jornada, una acaba con las piernas agotadas y la mente repleta de imágenes preciosas: de gente paseando, mostrando su afecto y/o amor regalándose libros y rosas. Una experiencia total.

Además, como la vida misma que está en constante cambio y en movimiento, de la variante del libro y la clásica rosa, los artesanos y visionarios reinventan la mejor versión y visten las calles de arte floral y páginas escritas y por escribir. Era, en definitiva, una experiencia total.

Hoy, esa misma intensidad es un límite.

 

La agorafobia ha irrumpido en mi vida convirtiendo espacios cotidianos en escenarios hostiles. No es un miedo irracional ni una predisposición mental: es una respuesta compleja que involucra al cuerpo y a la mente por igual. Lugares concurridos, ruidosos, cerrados —calles abarrotadas, transporte público, supermercados— comparten un denominador común: demasiados estímulos a la vez.

Lejos de ser un simple miedo irracional o una predisposición mental, se manifiesta como una respuesta profunda y compleja que involucra tanto al cuerpo como a la mente. Lugares concurridos, ruidosos o cerrados —calles abarrotadas, transporte público, supermercados— comparten un denominador común: la presencia simultánea de estímulos que mi sistema ya no logra procesar con normalidad.

Lo que antes era estímulo, ahora es saturación. Lo que antes me llenaba, ahora me desborda.

En esos contextos, mi cuerpo reacciona como si estuviera ante una amenaza real. Siento una presión creciente en el pecho, un calor que recorre el cuerpo, un bloqueo mental que desemboca en mareo y visión borrosa. No es una elección, ni una exageración, ni una construcción consciente. Es un mecanismo automático, un interruptor que se activa sin previo aviso y me obliga a retirarme.

La agorafobia no consiste únicamente en el miedo a salir, como a menudo se simplifica. Es, más bien, el miedo a no poder escapar, a perder el control en un entorno donde todo se percibe como excesivo. Es una relación alterada con el espacio, el ruido, la densidad humana. Y, sobre todo, es una experiencia profundamente limitante que reconfigura la vida entera.

Por parte de ciertos profesionales de la salud se nos suele decir —aunque no haya sido mi caso directo— que “todo está en la cabeza” o que anticipar el malestar lo provoca. Pero estas afirmaciones reducen una realidad compleja a una explicación simplista, cómoda. Yo no salgo predispuesta al sufrimiento; salgo con la intención de recuperar una normalidad que, poco a poco, se ha ido fragmentando, rompiendo.

Y hay pérdidas que pesan.

He dejado de escuchar música, una de mis formas más íntimas de expresión. Las canciones ya no son refugio, sino detonantes de recuerdos y sensaciones que mi cuerpo no sabe gestionar. Momentos que antes evocaban belleza ahora generan incomodidad. Como si parte de mi mundo sensorial hubiera quedado suspendido.

Aun así, existe un esfuerzo constante por reconstruir espacios de seguridad. Pequeñas salidas, en horarios tranquilos, con recorridos controlados. Intentos de reaprender lo cotidiano. No es un proceso lineal ni fácil, pero es el camino.

En este contexto, la imposibilidad de vivir Sant Jordi como antes no es solo una anécdota: es un símbolo. Representa todo aquello que la agorafobia ha ido restringiendo. Y, al mismo tiempo, pone en evidencia la distancia entre lo que fui y lo que soy ahora.

Puede que me quede el consuelo, aunque siendo sincera conmigo misma y con todos los lectores del blog, no me da consuelo alguno, este año he participado en los diferentes talleres de manualidades de Sant Jordi en el SRC Burriac. Así que el próximo jueves 23 de abril, compañeros del centro estarán en una parada en la plaça del antiguo ayuntamiento de Premià de Mar, vendiendo las diferentes manualidades que hemos hecho. Cuyo importe recolectado irá destinado a una Asociación sin ánimo de lucro.

Es un gesto valioso, sin duda, pero insuficiente para sustituir la experiencia vivida en las calles. Porque hay vivencias que no pueden replicarse en ausencia de su contexto.

A pesar de todo, Sant Jordi sigue siendo un día significativo. Ahora lo habito desde otro lugar: más silencioso, más introspectivo, más limitado. Pero no por ello vacío de sentido.

Tal vez en ese silencio también se esté gestando otra forma de vivir, de sentir y de narrar.

Por eso, a quienes puedan salir, pasear, oler las rosas y perderse entre libros, les deseo que lo vivan plenamente, de la forma más alegremente, coloridamente y literariamente posible. Que abracen esa vitalidad que llena las calles y que, por ahora, algunos solo podemos recordar.

Feliz Sant Jordi a tod@s! 🌹


Cougar

2 comentaris:

  1. en primer lugar gracias por tu artículo; Tu forma de contarlo transmite muchísimo, y se siente tanto lo que echas de menos como el esfuerzo que estás haciendo cada día.
    Aunque ahora lo vivas distinto, sigues manteniendo viva la esencia de Sant Jordi a tu manera, y recuerda que eso también tiene mucho valor.
    Deseo que poco a poco puedas recuperar espacios que hoy cuestan, sin prisa y siendo amable contigo misma. 🌹

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  2. Muchas gracias por leerlo y por tus palabras, de verdad. Me alegra saber que lo que escribí llega así, porque nace justo de ese equilibrio entre lo que echo de menos y lo que intento sostener cada día.
    Tenes razón en eso de que la esencia sigue ahí, aunque ahora se viva de otra forma. A veces cuesta verlo, pero leerlo así ayuda a reconciliarme un poco con ello.
    Ojalá poder ir recuperando esos espacios poco a poco, sin forzar. Gracias también por recordarme lo de ser amable conmigo misma, que no siempre es fácil, y es uno de mis rasgos característicos que debo trabajar. Feliç Sant Jordi 🌹

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