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Si
existe un día que define la esencia colectiva de quienes vivimos en Catalunya,
ese es, sin duda, el Día de Sant Jordi. Cada 23 de abril, las calles
—especialmente en Barcelona— se transforman en un escenario vibrante donde las
rosas, los libros y las historias compartidas se entrelazan. Donde todos los
pueblos se visten de rosas y libros, de dragones imaginarios y de princesas y
caballeros. Es una celebración que trasciende lo cultural para convertirse en
una expresión de identidad, afecto y tradición. Es un gesto compartido, una
forma de decirse cosas sin palabras.
Las avenidas se
llenan de vida: puestos de libros que invitan a perderse entre páginas, rosas
que perfuman el aire y personas que pasean con las manos ocupadas y el corazón
ligero. La magia de Sant Jordi reside precisamente en ese intercambio simbólico
—regalar y recibir—, un gesto sencillo que encierra múltiples significados.
Sin embargo, esta
imagen embriagadora de edificios ornamentados de rosas, calles llenas de
libros, y gente que viene y va, con manos llenas de rosas y libros, contrasta
profundamente con mi experiencia actual. Este será mi segundo Sant Jordi lejos
de todo eso, solamente acompañada por las rosas de mi jardín y el libro que,
fiel a la tradición familiar, seguimos regalándonos cada año. Y aunque ese
gesto mantiene viva una pequeña parte de la celebración, no logra llenar el
vacío que deja la ausencia de todo lo demás.
Porque Sant Jordi también
era perderme entre la multitud, descubrir títulos nuevos, cruzarme con
escritores, conseguir firmas, dejarme llevar por el bullicio... Es un día en el
que al final de la jornada, una acaba con las piernas agotadas y la mente
repleta de imágenes preciosas: de gente paseando, mostrando su afecto y/o amor
regalándose libros y rosas. Una experiencia total.
Además, como la
vida misma que está en constante cambio y en movimiento, de la variante del
libro y la clásica rosa, los artesanos y visionarios reinventan la mejor
versión y visten las calles de arte floral y páginas escritas y por escribir. Era,
en definitiva, una experiencia total.
Hoy, esa misma
intensidad es un límite.
La
agorafobia ha irrumpido en mi vida convirtiendo espacios cotidianos en
escenarios hostiles. No es un miedo irracional ni una predisposición mental: es
una respuesta compleja que involucra al cuerpo y a la mente por igual. Lugares
concurridos, ruidosos, cerrados —calles abarrotadas, transporte público,
supermercados— comparten un denominador común: demasiados estímulos a la vez.
Lejos de ser un
simple miedo irracional o una predisposición mental, se manifiesta como una
respuesta profunda y compleja que involucra tanto al cuerpo como a la mente.
Lugares concurridos, ruidosos o cerrados —calles abarrotadas, transporte
público, supermercados— comparten un denominador común: la presencia simultánea
de estímulos que mi sistema ya no logra procesar con normalidad.
Lo que antes era
estímulo, ahora es saturación. Lo que antes me llenaba, ahora me desborda.
En esos contextos,
mi cuerpo reacciona como si estuviera ante una amenaza real. Siento una presión
creciente en el pecho, un calor que recorre el cuerpo, un bloqueo mental que
desemboca en mareo y visión borrosa. No es una elección, ni una exageración, ni
una construcción consciente. Es un mecanismo automático, un interruptor que se
activa sin previo aviso y me obliga a retirarme.
La agorafobia no
consiste únicamente en el miedo a salir, como a menudo se simplifica. Es, más
bien, el miedo a no poder escapar, a perder el control en un entorno donde todo
se percibe como excesivo. Es una relación alterada con el espacio, el ruido, la
densidad humana. Y, sobre todo, es una experiencia profundamente limitante que
reconfigura la vida entera.
Por parte de
ciertos profesionales de la salud se nos suele decir —aunque no haya sido mi
caso directo— que “todo está en la cabeza” o que anticipar el malestar lo
provoca. Pero estas afirmaciones reducen una realidad compleja a una
explicación simplista, cómoda. Yo no salgo predispuesta al sufrimiento; salgo
con la intención de recuperar una normalidad que, poco a poco, se ha ido
fragmentando, rompiendo.
Y hay pérdidas que
pesan.
He dejado de
escuchar música, una de mis formas más íntimas de expresión. Las canciones ya
no son refugio, sino detonantes de recuerdos y sensaciones que mi cuerpo no
sabe gestionar. Momentos que antes evocaban belleza ahora generan incomodidad. Como
si parte de mi mundo sensorial hubiera quedado suspendido.
Aun así, existe un
esfuerzo constante por reconstruir espacios de seguridad. Pequeñas salidas, en
horarios tranquilos, con recorridos controlados. Intentos de reaprender lo
cotidiano. No es un proceso lineal ni fácil, pero es el camino.
En este contexto,
la imposibilidad de vivir Sant Jordi como antes no es solo una anécdota: es un
símbolo. Representa todo aquello que la agorafobia ha ido restringiendo. Y, al
mismo tiempo, pone en evidencia la distancia entre lo que fui y lo que soy ahora.
Puede que me quede
el consuelo, aunque siendo sincera conmigo misma y con todos los lectores del
blog, no me da consuelo alguno, este año he participado en los diferentes
talleres de manualidades de Sant Jordi en el SRC Burriac. Así que el próximo
jueves 23 de abril, compañeros del centro estarán en una parada en la plaça del
antiguo ayuntamiento de Premià de Mar, vendiendo las diferentes manualidades
que hemos hecho. Cuyo importe recolectado irá destinado a una Asociación sin
ánimo de lucro.
Es un gesto
valioso, sin duda, pero insuficiente para sustituir la experiencia vivida en
las calles. Porque hay vivencias que no pueden replicarse en ausencia de su
contexto.
A pesar de todo,
Sant Jordi sigue siendo un día significativo. Ahora lo habito desde otro lugar:
más silencioso, más introspectivo, más limitado. Pero no por ello vacío de
sentido.
Tal vez en ese
silencio también se esté gestando otra forma de vivir, de sentir y de narrar.
Por eso, a quienes
puedan salir, pasear, oler las rosas y perderse entre libros, les deseo que lo
vivan plenamente, de la forma más alegremente, coloridamente y literariamente
posible. Que abracen esa vitalidad que llena las calles y que, por ahora,
algunos solo podemos recordar.
Feliz Sant Jordi a
tod@s! 🌹
Cougar
en primer lugar gracias por tu artículo; Tu forma de contarlo transmite muchísimo, y se siente tanto lo que echas de menos como el esfuerzo que estás haciendo cada día.
ResponEliminaAunque ahora lo vivas distinto, sigues manteniendo viva la esencia de Sant Jordi a tu manera, y recuerda que eso también tiene mucho valor.
Deseo que poco a poco puedas recuperar espacios que hoy cuestan, sin prisa y siendo amable contigo misma. 🌹
Muchas gracias por leerlo y por tus palabras, de verdad. Me alegra saber que lo que escribí llega así, porque nace justo de ese equilibrio entre lo que echo de menos y lo que intento sostener cada día.
ResponEliminaTenes razón en eso de que la esencia sigue ahí, aunque ahora se viva de otra forma. A veces cuesta verlo, pero leerlo así ayuda a reconciliarme un poco con ello.
Ojalá poder ir recuperando esos espacios poco a poco, sin forzar. Gracias también por recordarme lo de ser amable conmigo misma, que no siempre es fácil, y es uno de mis rasgos característicos que debo trabajar. Feliç Sant Jordi 🌹