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Llevo un año y cinco meses de baja. Todo empezó a raíz de dos crisis de ansiedad fuertes en el trabajo, en el transcurso de dos años. Ahora soy consciente de que, durante todo ese tiempo, mi cuerpo ya me estaba enviando señales de que algo no iba bien. Tal vez, si hubiera sabido identificarlas antes, no habría llegado al punto en el que me encuentro hoy. Pero la vida sigue su curso y, cuando estás acostumbrada a luchar ante las adversidades, simplemente sigues adelante sin escuchar a tu ser interior.
Durante este período de baja me han recetado diferentes medicamentos para ayudar a mi cuerpo, pero sobre todo a mi mente, a recuperar el equilibrio.
Tengo que reconocer que algunos facultativos han velado por mi bienestar y por ayudarme a ser una mejor versión de la persona que era antes de esos episodios. Me están acompañando en este proceso como lo haría un ser querido: con calidez, cercanía, estima y comprensión. Sin embargo, también existe la otra cara de la moneda. Hay quienes me han hecho sentir que no soy una persona, sino un nombre en una lista, un número más, una paciente a la que hay que tachar dentro de una jornada laboral. Como si fueran meros gestores administrativos que tramitan datos, sin espacio para la empatía, la escucha activa o la sensibilidad.
Hoy escribo esto porque siento que la medicación cada vez me está nublando más la memoria. Y no hablo solo de quedarme en blanco a mitad de una conversación o de entrar en un supermercado a comprar un bote de mantequilla y, al cruzar la puerta, no recordar qué hacía allí. Hablo de algo más profundo: de cómo los rasgos que antes me definían están desapareciendo poco a poco. Y eso me genera aún más frustración y ansiedad. Porque esa agilidad mental, esa vitalidad intelectual, se va desdibujando con el paso de los días.
Aquellos pequeños actos cotidianos que antes daban sentido a mis días —escuchar música, leer, pintar, caminar por la montaña—, y que aportaban color incluso en los momentos más grises, ahora se han convertido en una fuente de inquietud. Me generan ansiedad porque conservo el recuerdo de lo que me hacían sentir, y el hecho de no poder experimentarlos ahora, ni física ni mentalmente, despierta en mí una constante sensación de querer y no poder.
La realidad es que, hoy en día, solo encuentro paz y tranquilidad en casa, en mi sofá, en posición fetal y en la oscuridad. No quiero escuchar voces ni ruidos. La luz me molesta, me hiere los ojos y la cabeza. Tampoco quiero hablar. Solo necesito estar quieta, en silencio, en soledad, alejada del movimiento constante del mundo.
Ni amigos, ni pareja, ni familia… cualquier mensaje suyo irrumpe en ese estado de silencio que tanto necesito, y me incomoda. Y por todo ello, porque lo único que anhelo es sentir paz, me siento profundamente agotada. Agotada de años de lucha y de exigencia. De seguir adelante con una sonrisa, cumpliendo, siendo perfecta según una mente marcada por la disciplina, la rectitud y el compromiso. Cansada también de haber llenado mi vida de proyectos y actividades para mantener mi mente ocupada, para no mirar de frente todo aquello que guardo en un baúl de recuerdos oscuros en lo más profundo de mi subconsciente.
La vida, sin embargo, sigue avanzando. Y yo sigo aquí, transitando en este proceso, a veces con angustia, pero confiando en que algún día pueda volver a encontrar una forma de paz que no duela, que no pese, que simplemente sea. Solamente anhelo que llegue el día en que pueda descansar en una paz infinita y eterna.
Cougar
Aunque ahora todo pese, este estado no es permanente; con ayuda adecuada, puede volver una forma de calma que no duela. Decirte también que lo que describes debe de ser muy duro sentirte así, con tanto cansancio y esa sensación de perderte poco a poco; de verdad, recuerda que en este proceso no estás sola. Mucha fuerza.
ResponEliminaGracias por tus palabras. A veces cuesta creer que esto vaya a pasar, pero leer algo así me da un poco de aire en medio de todo. Es verdad que está siendo duro, sobre todo por el cansancio y esa sensación de ir perdiéndome, pero intento agarrarme a la idea de que no es permanente. Gracias también por recordarme que no estoy sola en esto. De verdad, lo valoro mucho.
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