27 d’abril del 2026

Día de la Madre: Historias de una Madre No Encontrada y una Mujer No Vivida.

 

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Tras mi ingreso durante seis semanas en el Hospital de Día de Mataró, hubo una conversación grupal con la psicóloga del equipo que quedó profundamente grabada en mi memoria. En ella se abordó el origen multifactorial de los problemas de salud mental: la existencia de una posible predisposición biológica, derivada de antecedentes familiares; la influencia de vivencias traumáticas; y la aparición de un desencadenante puntual capaz de desestabilizar el equilibrio emocional de una persona. Sin embargo, uno de los puntos más reveladores fue comprender que el factor genético, por sí solo, no determina la aparición de una enfermedad mental, sino que requiere la interacción con otros factores de riesgo.

Han pasado ya varios meses desde mi alta, y esta idea sigue resonando en mi mente. Mi historia personal encaja, en muchos aspectos, con ese modelo explicativo. Tanto mi padre como mi madre arrastraban sus propias cargas emocionales y psicológicas cuando se conocieron. Su relación inicial, marcada por un embarazo fuera del matrimonio y las circunstancias sociales de la época, derivó en un matrimonio precipitado y en la llegada de tres hijos no planificados, criados en un entorno que distaba mucho de ser el ideal.

Con el paso del tiempo, he reflexionado sobre lo que debería ser la infancia: un espacio de juego, aprendizaje, afecto y desarrollo en un ambiente seguro y respetuoso. Sin embargo, mi experiencia estuvo marcada por dinámicas familiares complejas, silencios y patrones de conducta que nunca llegué a comprender del todo. La salud mental, en mi entorno familiar, era un tema tabú. Nunca supe con certeza qué diagnósticos tenían mis padres, pero sí crecí percibiendo que algo no encajaba.

 

Desde muy joven, desarrollé un miedo persistente: el temor a “ser como mi madre”. Cada emoción intensa, cada momento de tristeza sin causa aparente o cada reacción que yo misma consideraba desproporcionada reforzaba esa idea. En mi mente, la palabra que lo resumía todo era “locura”, cargada de estigma y desconocimiento.

Hoy, con la perspectiva que me da el tratamiento psicológico y psiquiátrico, los diferentes ingresos en el Hospital de Mataró, así como mi propio proceso de introspección, empiezo a comprender que mi sufrimiento no se explica únicamente desde una herencia biológica. Más bien, responde a una construcción mental forjada a lo largo de años de autoexigencia extrema, rigidez emocional y necesidad constante de demostrar mi valía –a mí misma— y como escudo ante las luchas internas familiares.

He identificado cómo muchos aspectos de mi vida —mi trabajo, mi trayectoria deportiva, mis relaciones personales— comparten un denominador común: la lucha constante. Una lucha por ser suficiente, por resistir, por superar límites físicos y emocionales. Durante años, confundí esa lucha con fortaleza, sin darme cuenta de que también era una forma de exigencia autoimpuesta que me llevaba, progresivamente, al agotamiento.

El punto de inflexión llegó cuando esa estructura interna, sostenida durante tanto tiempo, colapsó. La caída fue abrupta, como un descenso sin protección, en el que afloraron todas las heridas acumuladas. En ese momento, comprendí que la recuperación no pasaba por seguir luchando, sino por algo mucho más complejo: detenerme, observarme y empezar a reconstruirme desde la paciencia, la compasión y el tiempo.

Mirar hacia atrás implica reconocer cada una de las batallas libradas. También supone aceptar que muchas de ellas nunca debieron ser peleadas. La sensación de haber dado todo y, aun así, cuestionar si alguna vez se ganó algo, forma parte de ese proceso de revisión interna.

Hoy, el aprendizaje más importante es entender que la paz no se conquista a través de la lucha constante. Llega, en cambio, cuando se guarda el hacha de guerra, cuando se renuncia a la exigencia desmedida y se empieza a construir una relación más amable con uno mismo. Ese es, quizás, el verdadero inicio de la recuperación.

 

Este domingo, 3 de mayo, es el Día de la Madre. Y por ello, algo dentro de mí se ha removido. Cuando era pequeña siempre había dicho que yo nunca sería madre. Y, de hecho, ya con la madurez, e imagino que sumando experiencias íntimas no del todo favorables, me mantuve firme con esa idea. Aunque tampoco era un tema que me venía a la cabeza con frecuencia; simplemente estaba ahí, en silencio, como una decisión asumida.

Y quién lo iba a decir, ya con unos años más de los que quisiera, miro hacia atrás y observo como la vida no me ha llevado a ese camino. Y justamente con esos años de más que no quisiera tener, reconozco que tengo una pequeña grieta en mi corazón: ya no podré ser madre.

Ya no podré sentir como se gesta en mi interior una vida. Un ser al que hubiera querido de la forma que a mí nunca me quisieron. Le habría dado un hogar como el que yo nunca tuve. Pero, sobre todo, le hubiera inculcado, día a día, que llegaría tan lejos como él o ella se propusiera. Porque no habría límites que no podría alcanzar.

Y mi mano, mi mente y mi corazón habrían estado en cada uno de sus éxitos, pero sobre todo habrían estado en sus caídas. Y justo en esos momentos, en los que él/ella se hubiera sentido más débil, abatido/a o triste, hubiera tenido un abrazo cálido, unas palabras reconfortantes. Y le hubiera recordado que el verdadero valor está en intentar perseguir los sueños. Que, con cada caída, uno/a se levanta con más fuerza, valentía y honor. Hasta conseguir todo lo que un día soñó.

Os mentiría si no os contara que me hubiera gustado que fuera niña... para poner mi granito de arena y construir esa versión de la niña que tuve que ser y que se quedó a medio camino por miedo. Miedo al fracaso, a la soledad, a la angustia, a la frustración... a dar la razón y sentido a la frase que me repetían una y otra vez en casa: “siempre serás una inútil”.

Así que, con la proximidad del Día de la Madre, solamente me queda pensar en que si hubiera llegado Clara a mi vida (ese sería el nombre que le habría puesto), tendría hoy esa ancla que me sujeta fuerte y con firmeza a tierra, a buen puerto. Pero en cambio, ahora mismo siento como un trozo de mi corazón y de mi alma se han perdido, junto con ella.

Junto con mi pequeña Clara.

 

Cougar

1 comentari:

  1. Gracias por tu gran valentía. Tu texto es muy honesto y conmueve por la claridad con la que miras tu historia.
    Ese paso de la lucha a la compasión ya es parte de tu reconstrucción, aunque no siempre se sienta.
    Y Clara… más que ausencia, es todo el amor que llevas dentro y que sigue vivo en ti.

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