23 de març del 2026

Existencia inadvertida


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Había una vez una niña que aprendió demasiado pronto lo que significaba ocupar poco espacio.
En el patio del colegio, mientras el ruido de risas y carreras llenaba el aire, ella descubrió que siempre quedaba para el final. No porque no supiera jugar, ni porque no quisiera, sino porque nadie pensaba en ella primero. Era la última en ser elegida, la que esperaba con una sonrisa a medio hacer, intentando que no se notara demasiado que, por dentro, algo se rompía un poco más cada vez.
Llevaba ropa que había vivido otras vidas. Prendas que no contaban su historia, sino la de otras niñas que sí habían tenido su momento de brillar. Su pelo, cortado en casa con intención práctica y manos cansadas, nunca encontró forma ni estilo. Era, como ella, funcional… pero invisible.
Y así creció: creyendo que no destacaba en nada, que no era suficiente en nada. Ni la más guapa, ni la más lista, ni la más interesante. Solo la más fácil de ignorar.
Desde pequeña, en casa le asignaron un rol que no tenía cabida para su edad. No conoció la libertad de ser niña, de jugar sin preocupaciones, de recibir el cariño y la comprensión que todo ser humano necesita para crecer. Su infancia se desvaneció entre las expectativas de sus padres, entre las responsabilidades que no eran suyas.
Y el mundo siguió avanzando, como siempre hace, sin pedir permiso. Y ella aprendió a adaptarse.
Le robaron su intimidad, su derecho a decidir por sí misma, a elegir cuándo, cómo y con quién compartir su cuerpo y su alma. En lugar de decidir, se vio forzada, sin poder reclamar el espacio que le correspondía, sin poder abrazar su libertad de ser quien realmente era. Lo que debería haber sido un tiempo de crecimiento y exploración, se transformó en una prisión que marcó sus días y su existencia.
A ocupar relaciones que, como aquellos juegos del patio, tampoco la elegían primero. Relaciones donde daba más de lo que recibía, donde el amor parecía algo que había que ganarse a pulso, como si fuera un privilegio y no un derecho.
Pero en algún momento, casi sin darse cuenta, encontró un lugar distinto: el deporte.
Al principio fue extraño, incómodo, incluso doloroso. Era el mismo terreno donde antes había fallado, donde había sentido el peso de no encajar. Pero esta vez decidió quedarse. Esta vez no huyó.
Entrenó cuando nadie miraba. Lloró cuando nadie escuchaba. Se exigió hasta los huesos, buscando en cada repetición, en cada competición, una respuesta que nunca terminaba de llegar: ¿ahora sí soy suficiente? Hubo victorias, sí. Y esfuerzo. Muchísimo esfuerzo. Pero también hubo silencios incómodos, comentarios que volvían a señalar lo mismo de siempre: que no era lo bastante femenina, que no era lo bastante para esto y/o que no era lo bastante para aquello.
Y entonces entendió algo terrible y revelador al mismo tiempo: el problema nunca había sido el “bastante”. El problema era que siempre se estaba midiendo con una regla que no había elegido.
Pasaron los años, y con ellos llegó una lucidez que no trae paz inmediata, pero sí verdad. Se dio cuenta de que había sido dura consigo misma. Demasiado. Más de lo que nadie merecería. Que había crecido sin un suelo firme de cariño, sin un espejo que le devolviera una imagen amable. Y que, aun así, había seguido adelante.
Aun así, había sobrevivido a la invisibilidad. Aun así, había construido disciplina donde solo había dudas. Aun así, había encontrado orden dentro del caos de su mente. Aun así, había seguido respirando incluso cuando sentía que no había aire.
Y ahora, en ese punto extraño al que llaman madurez, el mundo le pedía algo nuevo: que soñara, que eligiera metas, que encontrara ilusión.
Pero ella se sentía vacía. Como un lienzo en blanco… sin pinceles. Sin colores. Sin manos que supieran por dónde empezar. Y, sin embargo, lo que nadie le había dicho —lo que nunca nadie se había parado a explicarle— es que los lienzos en blanco no son ausencia. Son posibilidad.
Porque esa niña que nunca fue elegida… aprendió a quedarse.
Porque esa adolescente que no encajaba… aprendió a resistir.
Porque esa mujer que hoy siente que no puede más… ya ha demostrado mil veces que sí puede.
 
Quizá no se trata de pintar una obra maestra ahora mismo.
Quizá ni siquiera se trata de saber qué pintar.
Quizá, por primera vez en su vida, se trata de no exigirse nada.
 
De sentarse frente al lienzo.
De respirar —aunque cueste—.
De aceptar que no tener fuerzas también es parte del camino.
 
Y cuando llegue el momento, porque llegará, no será un gran trazo el que cambie todo. Será algo pequeño. Un punto. Una línea temblorosa. Un gesto casi invisible.
Pero será suyo. Y por primera vez, no necesitará que nadie la elija. Porque, después de todo lo vivido, tal vez el mayor acto de valentía no era destacar… sino quedarse.

Cougar


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