https://filmow.com/machos-alfa
Hace unos días vi en Netflix el
anuncio de la nueva temporada de Machos Alfa, que se estrena el próximo 17 de
abril… ¡y ya van cinco! No sé qué tiene esta serie, pero me tiene completamente
enganchada.
Sus personajes son tan distintos entre sí, con vidas y
formas de ver el mundo casi opuestas, que no puedo evitar reírme en cada
capítulo. Pero más allá del humor, es una serie que también invita a
reflexionar sobre los nuevos conceptos, las formas de relacionarnos y cómo
estamos cambiando como sociedad.
Y es que la vida no se queda quieta: está en constante
movimiento, igual que nosotros.
Si tuviera que resumir las cuatro temporadas que ya he
visto en una sola palabra, sería esta: (re)construirse.
En la serie Machos Alfa, el concepto de reconstruirse
aparece de forma bastante irónica y crítica.
Los protagonistas (como Pedro, Luis, Raúl y Santi) se
ven obligados a replantearse quiénes son en un contexto donde los roles
masculinos tradicionales están cambiando. Ahí es donde entra esa idea de reconstrucción.
Pero la serie no la presenta como un proceso profundo
y consciente, sino más bien como algo confuso (no tienen claro qué significa “ser
mejores hombres”), forzado (sienten presión social por adaptarse rápido a
nuevas normas); superficial, sobre todo al principio (intentan cambiar
comportamientos sin entender realmente el fondo), y a veces ridículo (la
comedia surge de sus intentos torpes de deconstruirse).
En ese sentido, reconstruirse en la serie es
casi una parodia de ciertos discursos modernos sobre crecimiento personal.
Muestra que cambiar no es automático, no basta con repetir ideas nuevas, y
muchas veces el ego, la inseguridad o la costumbre dificultan el proceso real. Sin
embargo, también deja ver algo más realista: la reconstrucción emocional y
personal es desordenada, incómoda y llena de contradicciones.
En resumen, la serie sugiere que reconstruirse
no es convertirse de golpe en una versión perfecta de uno mismo, sino atravesar
un proceso torpe, gradual y a veces incoherente de adaptación.
La idea de que una persona tiene que reconstruirse
puede ser poderosa… pero también peligrosa, dependiendo de cómo se entienda.
Por un lado, sí: los seres humanos cambiamos
constantemente. Después de experiencias duras —una pérdida, una enfermedad, una
ruptura— es bastante natural sentir que la versión anterior de uno mismo ya no
encaja. En ese sentido, reconstruirse puede significar adaptarse,
integrar lo vivido y seguir adelante con más conciencia. Eso puede ser algo muy
sano.
Pero hay un matiz importante: no siempre es necesario romperse
para volver a armarse. A veces esa idea mete presión, como si estuvieras
obligado a convertirte en alguien completamente nuevo o mejor después de
cada golpe. Y eso no siempre es realista ni justo. Hay momentos en los que
simplemente resistir, sostenerte o seguir siendo quién eres ya es suficiente.
También puede pasar que esa narrativa haga que la
gente sienta que su valor depende de cuánto ha cambiado o mejorado,
cuando en realidad muchas partes de ti no necesitan ser reconstruidas, sino
aceptadas. Quizá una forma más equilibrada de verlo sería, no tanto
reconstruirse desde cero, sino reorganizarse, adaptarse o incluso reconciliarse
con uno mismo.
En el contexto de la salud emocional,
la idea de reconstruirse tiene sentido, pero conviene aterrizarla bien
para que no se vuelva una carga más.
Cuando alguien pasa por algo emocionalmente fuerte
—ansiedad, depresión, una enfermedad, duelo— es normal sentir que ya no eres
el mismo. Ahí aparece esa sensación de tener que reconstruirte. Y en parte
es cierto: necesitas reajustar cómo piensas, cómo te cuidas, cómo te relacionas
contigo y con los demás.
Pero aquí está lo importante: no estás empezando desde
cero ni estás roto como algo que hay que arreglar por completo.
Más que reconstrucción total, en salud emocional podríamos
hablar de recolocar piezas: entender qué te ha afectado y qué necesitas ahora
(que puede ser distinto a antes). Aprender nuevas formas de cuidarte: poner
límites, descansar, pedir ayuda, gestionar pensamientos. Aceptar cambios: hay
experiencias que te transforman, y luchar contra eso suele doler más. Conservar
lo esencial: no todo en ti necesita cambiar. De hecho, muchas de tus fortalezas
ya estaban ahí.
También hay un riesgo con la idea de reconstruirse:
puede hacerte sentir que siempre deberías estar mejorando o sanando
de forma perfecta. Y la realidad es más irregular. Hay avances, retrocesos,
días neutros… y todo eso forma parte del proceso.
Una imagen que suele ser más útil que reconstruirse
es esta: no eres un edificio que se derrumbó, eres un sistema vivo que se
adapta. Y adaptarse incluye: días en los que avanzas, días en los que solo
sobrevives, y días en los que incluso retrocedes un poco.
Cougar
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada